¿Se descubrió un evangelio con palabras secretas de Jesús?



Este  magnífico artículo de orientación católica, fue publicado en julio del 2003 por la revista argentina Criterio.  Sobre unos antiguos escritos hallados en Egipto, casi en la misma época que fueron hallados los Rollos de Qumran.  Es un escrito ampliamente recomendable, por su contenido histórico  y reflexivo, podemos disentir en la postura final del autor por nuestras diferencias teológicas, y sobre todo eclesiástica. Recomendamos su lectura, y agradecemos tus comentarios en este blog.

Por   Ariel Álvarez Valdés,
En 1999 la película Estigma sacudió a millones de católicos con la noticia de que se había descubierto, hacía varias décadas, un nuevo Evangelio, y el Vaticano lo mantenía escondido bajo el mayor sigilo. Según el filme, este nuevo Evangelio contenía enseñanzas secretas de Jesús tan revolucionarias que eran capaces de hacer peligrar todo lo que se había predicado hasta ahora.
El filme cayó como una bomba en los círculos creyentes, de modo que muchos se lanzaron a averiguar con avidez si era cierto o no que existía ese Evangelio. Y grande fue su sorpresa al comprobar que, efectivamente, tal Evangelio existía.
¿De dónde salió este nuevo Evangelio? ¿Qué contenía?
Mientras buscaban excremento
En Egipto, a 530 kilómetros al sur de El Cairo, existe un pequeño poblado llamado Nag Hammadi, rodeado por un inmenso desierto de arena y rocas. En sus alrededores aún pueden verse las ruinas de varios monasterios antiguos, alguna vez habitados por monjes cristianos que se retiraban a vivir en la soledad del desierto.
Cerca de allí, en diciembre de 1945 tres hermanos campesinos recogían abono para fertilizar sus campos. Mientras removían la tierra de una cueva, encontraron una gran vasija roja sellada con betún. Pensando haber descubierto un tesoro rompieron la tapa, y ante su asombro brotaron de su interior miles de pequeños fragmentos amarillos, como partículas de oro: era polvo de papiros, que se deshacían al contacto con el aire. Luego, dentro del jarrón hallaron nada menos que 13 códices (o libros) de papiro encuadernados en cuero, envueltos en piel de cabra y perfectamente conservados.
Sabiendo que los anticuarios de El Cairo pagaban bien por estos hallazgos, los hermanos intentaron venderlos. Pero cuando la noticia llegó a oídos del gobierno egipcio, éste intervino rápidamente y confiscó temporalmente los códices. En 1952 fueron nacionalizados y (al contrario de lo que se dice en Estigma) pasaron a pertenecer al gobierno de Egipto.
Actualmente los papiros, que han sido ya traducidos a casi todas las lenguas modernas, se encuentran en la Biblioteca del Museo Copto de El Cairo, y cualquier visitante que se llegue por Egipto puede admirar sus hojas, exhibidas en las vitrinas del Museo.
La lengua de los faraones
¿Qué habían encontrado aquellos tres hermanos en Nag Hammadi? Nada menos que los restos de una antigua biblioteca compuesta por 13 códices, con un total de 52 libros.
Los textos estaban escritos en copto. ¿Qué idioma es éste? Se trata de una evolución del antiguo idioma que los faraones habían hablado durante casi 3000 años en Egipto. Cuando Alejandro Magno invadió el país en el 332 a.C., la lengua faraónica sufrió varias influencias y mutaciones debido a la cultura griega, y terminó dando origen a una lengua original, que es la que hoy llamamos copto. Cuando finalmente en el 640 d.C. los musulmanes conquistaron Egipto, el árabe pasó a ser la nueva lengua egipcia. Pero los cristianos egipcios (es decir, los que no quisieron convertirse al Islam) siguieron considerando al copto como su lengua religiosa, y hasta el día de hoy la siguen empleando en la liturgia, aunque en la vida diaria hablen árabe.
Los libros recién descubiertos, pues, estaban escritos en la lengua de los primitivos cristianos egipcios, que hacía siglos se había dejado de hablar.
La biblioteca de Nag Hammadi contenía tres clases de libros: unos de origen cristiano (como homilías y cartas), otros de origen judío (como el Comentario al Génesis), y otros paganos (como La República, de Platón).
Almas caídas del cielo
El descubrimiento de esos 13 códices fue catalogado de “sensacional” por los especialistas. E incluso para algunos se trató de un hallazgo de mayor importancia aun que el de los manuscritos del Mar Muerto, encontrados en febrero de 1947.
¿En dónde residía el interés de los códices de Nag Hammadi? En que formaban parte de una biblioteca “gnóstica”. Es decir, por primera vez los estudiosos tenían a mano y podían leer, de fuentes directas, la doctrina y las ideas de la famosa corriente herética llamada “gnosticismo”.
¿Y qué es el gnosticismo? Se trata de un movimiento surgido a comienzos de la era cristiana, cuya doctrina consistía en una mezcla de judaísmo, cristianismo, filosofías griegas y religiones orientales. Y enseñaba, entre otras cosas, que el hombre tiene un alma buena (que existía desde toda la eternidad, al lado de Dios) y un cuerpo malo. La única forma de salvar el alma era mediante el conocimiento de ciertas enseñanzas secretas (“gnosticismo” viene de la palabra griega “gnosis”, conocimiento). Pero no todos podían entender estas revelaciones, pues muchos eran demasiado carnales. Por eso la doctrina gnóstica estaba reservada sólo a ciertas personas que se consideraban elegidas.
El gnosticismo se infiltró en las comunidades cristianas de los primeros siglos, las cuales empezaron a enseñar que Cristo era el gran “Revelador”, enviado por Dios para enseñar esa doctrina secreta. Los santos Padres y los teólogos cristianos de los siglos III y IV reaccionaron duramente y rechazaron el gnosticismo.
Hasta ahora, nosotros conocíamos al gnosticismo sólo por las críticas y los juicios descalificadores que los escritores cristianos nos habían dejado al combatirlo, lo que hacía muy difícil saber objetivamente lo que en verdad enseñaba. Ahora, con la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi, por primera vez se pudieron conocer, de primera mano, las obras originales de esta corriente que tanto perturbó a la Iglesia.
El monasterio descarriado
¿A quién pertenecía esta biblioteca? Los especialistas piensan que procedía de un monasterio cercano, fundado por san Pacomio en el año 320, y cuyas ruinas aún pueden verse a 5 kilómetros de lugar del hallazgo. En ese claustro (el más antiguo monasterio cristiano de la historia) los monjes se habrían abocado a la tarea de copiar libros, entre ellos las 52 obras halladas en los códices de cuero.
Pero poco después, en el año 367, el obispo Atanasio de Alejandría mandó una carta a todas las comunidades de Egipto indicándoles cuáles eran los libros bíblicos que se permitían usar en la liturgia. Frente a esto, es posible que los monjes de San Pacomio buscaran deshacerse de las obras que no figuraban en aquella lista, pero sin destruirlas, ya sea porque habían constituido durante mucho tiempo su material de lectura espiritual, o por el temor de una posible inspección al monasterio.
Lo cierto es que hacia el año 370 los libros fueron escondidos en una gran vasija sellada, y enterrados en una cueva cercana, entre las rocas, donde permanecieron ocultos durante casi 1600 años, hasta que los tres hermanos campesinos volvieron a sacarlos a la luz.
Un viejo conocido
Pero de los 52 escritos encontrados en Nag Hammadi, el que más atrajo la atención fue el llamado “El Evangelio de Tomás”. Esto se debió a que, en el prólogo, se nos advierte que el escrito contiene enseñanzas secretas y desconocidas de Jesús, todo un festín para los amantes de lo esotérico y lo misterioso. Precisamente éste es el Evangelio mencionado en la película Estigma.
En realidad desde hacía siglos se sabía de la existencia del Evangelio de Tomás. Hipólito de Roma (hacia el año 230), Orígenes (hacia el 233), Eusebio de Cesarea (hacia el 310) y Felipe de Side (hacia el 430) hablan de él, diciendo que era un libro escrito por herejes. Pero nunca habíamos podido saber qué decía exactamente, ya que jamás había sido encontrado.
Ahora sabemos que se trata de un libro de 20 páginas, con 114 dichos y frases de Jesús. El texto copto (escrito hacia el año 350), es copia de otro más antiguo, compuesto en griego alrededor del 150. Aunque se le da el nombre de “Evangelio”, no se parece en nada a los demás Evangelios de la Biblia, ya que no contiene ningún relato de la vida de Jesús, sino sólo frases sueltas de él sobre distintos temas.
De esos 114 dichos, 63 ya los conocíamos por los Evangelios de la Biblia; otros 12 están parcialmente citados en los Evangelios; y sólo 39 son dichos completamente nuevos de Jesús.
¿Hermano mellizo de Jesús?
Apenas empezamos a leer el Evangelio de Tomás nos damos cuenta de que, si bien algunas de sus frases son parecidas a las que figuran en los cuatro Evangelios, su autor pertenecía al movimiento gnóstico.
En primer lugar, por la introducción que tiene, y que dice: “Éstas son las enseñanzas secretas que pronunció Jesús, el viviente, y que escribió Judas Tomás, el mellizo”. Se trata, pues, de un libro que pretende transmitir doctrinas ocultas y misteriosas, reservadas únicamente a unos pocos iniciados. Esto difícilmente puede reflejar la voluntad de Jesús, quien antes de despedirse de sus discípulos les pidió que fueran por todo el mundo transmitiendo a la gente lo que Él les había enseñado (Mt 28,19-20).
También se nota la influencia gnóstica en el personaje elegido como supuesto autor del Evangelio: el apóstol Tomás. ¿Por qué? Porque este apóstol siempre tuvo una particularidad intrigante: en los evangelios varias veces se lo llama “el mellizo” (Jn 11,16; 20,24; 21,2), pero nunca se dice de quién. Una tradición posterior (que aparece en los libros apócrifos) empezó a decir, entonces, que Tomás era hermano mellizo de Jesús. Esta creencia errónea fue tomada por los gnósticos, quienes pensaron que Tomás, siendo mellizo de Jesús, era el personaje ideal para recibir instrucciones secretas del Señor. Por eso varios libros gnósticos fueron atribuidos a Tomás, entre ellos este Evangelio.
Ser varón para salvarse
Otra señal del espíritu gnóstico de este Evangelio es el marcado pesimismo de algunos de sus conceptos. Por ejemplo, cuando dice que este mundo es un “cadáver” (dicho 56), o que el Reino de Dios llegará cuando desaparezca el cuerpo (dicho 37), o que hay que eliminar la sexualidad humana para salvarse (dicho 22).
Asimismo el final del Evangelio responde claramente a la mentalidad gnóstica: “Simón Pedro le dijo a Jesús: «Que María se vaya de entre nosotros porque las mujeres no son dignas de la vida». Jesús le respondió: «Yo haré que se convierta en varón, para que sea un ser viviente similar a ustedes. Porque toda mujer que se convierta en varón entrará en el Reino de los Cielos»” (dicho 114).
Esta expresión tiene un fuerte tinte machista, no sólo en la afirmación de Pedro de que las mujeres no son dignas de la salvación, sino incluso en la respuesta de Jesús de que ellas deben convertirse en varones. Es imposible, pues, que pertenezca realmente a Jesús, ya que éste en los cuatro Evangelios muchas veces no sólo exalta a la mujer, sino incluso la coloca por encima del varón. Más bien refleja el espíritu propio de los grupos gnósticos, en donde era habitual la discriminación femenina y el desprecio al matrimonio.
La fuente perdida
El Evangelio de Tomás (y los demás manuscritos de Nag Hammadi), si bien ayudó a los teólogos e historiadores a conocer mejor el movimiento gnóstico de los primeros siglos, no contiene ninguna enseñanza nueva que los cristianos deban conocer (como pretende hacer creer la película Estigma). Porque, como vimos, esta obra pertenecía a un movimiento herético, apartado de la Iglesia, y por lo tanto no refleja el auténtico espíritu de las enseñanzas de Jesús.
Sin embargo, el descubrimiento del Evangelio de Tomás sirvió, inesperadamente, para confirmar una teoría bíblica que existía desde hacía décadas, pero que se mantenía sólo como hipótesis entre los exégetas. Es la teoría de que, desde épocas muy tempranas, circulaban en las primeras comunidades cristianas, como un género literario propio, colecciones de dichos y sentencias sueltas de Jesús.
Esta hipótesis había sido propuesta en 1838 por el teólogo alemán Ch. Weisse para explicar el origen de muchas frases y dichos de Jesús que se encuentran en los Evangelios de Mateo y Lucas, pero no en el de Marcos. Según Weisse, Mateo y Lucas habrían sacado ese material de una colección de dichos de Jesús, bautizada por los estudiosos con el nombre de “Fuente”, por ser la fuente a la que ambos evangelistas recurrieron. Como en alemán fuente se dice “Quelle”, le quedó como nombre la letra inicial “Q”, por lo que se la suele llamar “la fuente Q”.
Esta “fuente Q” (que Marcos no llegó a conocer) contenía exclusivamente palabras sueltas de Jesús (y no relatos). Por eso los Evangelios de Mateo y Lucas contienen muchas palabras, frases y discursos de Jesús que no aparecen en los otros Evangelios.
La hipótesis de una “fuente” o colección de dichos de Jesús recibió, pues, un fuerte apoyo con el descubrimiento del Evangelio de Tomás. Éste sería uno de esos escritos, que circulaba entre los primeros cristianos, y que más tarde la corriente gnóstica habría tomado y mezclado con sus propias ideas, convirtiendo a Jesús en el “Revelador” de un conocimiento secreto y superior que lleva a la salvación.
La biblioteca clausurada
Para los creyentes, el Evangelio atribuido a Tomás no tiene, pues, ningún valor. Y lo mismo sucede con cualquier otro evangelio que exista o pueda aparecer en el futuro. Pero no sólo por la razón que dijimos antes (o sea, porque formaba parte de la literatura de un movimiento herético), sino por un motivo mucho más terminante: porque, como decía Orígenes en el siglo III, cualquier otro Evangelio que no sean los cuatro que figuran en la Biblia “han sido compuestos por gente que se lanzó a escribir sin estar investida de la gracia del Espíritu Santo”.
Es decir, para la Iglesia católica únicamente los 73 libros que figuran en la Biblia (entre ellos los cuatro Evangelios) constituyen la Palabra de Dios. Esta convicción fue definida como dogma de fe por el Concilio de Trento, el 8 de abril de 1546.
El verdadero Jesús
Pero a quien no quiera aceptar la imposición de un Concilio, le bastará echar una ojeada al Jesús que aparece en el Evangelio de Tomás para darse cuenta de que es muy diferente del que conocemos por los cuatro Evangelios bíblicos.
En efecto, aquel Jesús se presenta como un revelador de doctrinas secretas, y sostiene que uno se salva sólo con “saber” ciertas verdades. En cambio el Jesús de los Evangelios canónicos enseña cosas muy distintas. Afirma que no basta con saber doctrinas para salvarse (Mt 5,19); que no basta con rezar para entrar en el Reino de Dios (Mt 7,21); que la mujer puede encontrar la salvación sin convertirse en varón (Lc 10,38-42); y que al final de nuestras vidas nos juzgarán por lo que hayamos hecho, no por lo que hayamos conocido (Mt 25,31-46).
Creer que el Evangelio de Tomás con sus enseñanzas secretas tiene algo que completar a los Evangelios de la Biblia o, peor aún, puede sustituirlos, es no haber entendido nada del Maestro de Nazaret.
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