El discipulado para la misión integral Fundamentación bíblica: el modelo de Jesús


Por Catalina F. de Padilla

1. "Estar con él"

En su manera de llamar y preparar a sus seguidores para la tarea que les esperaba, Jesús ejemplificó lo que es el discipulado cristiano. Marcos registra el primer elemento en esta preparación: Jesús, tomando la iniciativa, llamó a sus discípulos para que "estuviesen con él" (Mc 3:14 R-V), "para que lo acompañaran" (NVI). Aquí se encuentra la característica básica de su modelo de discipulado: la relación interpersonal entre el maestro y su discípulo. Aunque en este aspecto Jesús repetía el método seguido por los filósofos griegos de la edad de oro hasta su día, lo llenó de nuevo significado. No impartía su enseñanza sólo por medio de conversaciones y discusiones, aunque éstas nunca faltaban; compartía con sus discípulos no sólo sus ideas, sino también su persona, su carácter, su ser mismo. Revelaba su ternura, su preocupación por la gente, su identificación con los que sufren. Estas eran señales de que en su persona había llegado el reinado de Dios, con un mensaje de arrepentimiento, perdón y restauración: las buenas noticias, el evangelio (Mc 1:14-15).

En su llamado al discipulado, Jesús frecuentemente usaba las palabras "Sígueme" o "Síganme". Nunca llamó a alguien para que cambiara de religión, o que se hiciera religioso. Su invitación se centraba en una relación personal consigo mismo. Su llamado era a un "seguimiento" que involucraba la subordinación o el abandono voluntario de toda otra lealtad, todo otro propósito en la vida. Como lo hicieron Pedro y Andrés, Juan y Jacobo, Leví y muchos otros, los que respondieron a su llamado dejaron todo lo que les proveía seguridad y sostén material, para acompañar a Jesús y encontrar en él un nuevo sentido, un nuevo propósito. El "seguimiento" de Jesús también involucraba la aceptación voluntaria de su estilo de vida: la renuncia a las posesiones, las prioridades familiares, las ambiciones materiales personales (Mt 9:18-22, Lc 9:57-62).

Aunque tres de los discípulos habían visto algo de la gloria de su Maestro en su transfiguración, pronto aprendieron que acompañar a Jesús significaba aceptar la posibilidad de sufrir la pena de muerte en cualquier momento; significaba aceptar la cruz de Jesús y la propia cruz (Mc 8:34-38; Lc 14:25-33; Jn 12:23-33). Significaba seguir a un líder y maestro que vivía constantemente bajo la amenaza de muerte, y cuya vida estaba marcada por la conciencia de su muerte (Mc 10:45). A la vez, implicaba un nuevo estilo de vida y un nuevo trabajo: compartir la tarea del Maestro, ser "pescadores de hombres" (Mc 1:14-19; Lc 5:10), una tarea centrada en aliviar el sufrimiento de la gente, darles las buenas noticias de salvación, llevarlas al arrepentimiento y fe, y ayudarlas a entrar en el Reino de Dios, reconociendo la presencia y la soberanía del Rey.

El Maestro invirtió tres años de su vida en preparar a sus seguidores para que estuvieran listos para asumir la tarea en el futuro. Para ese fin Jesús compartía todo tipo de experiencia con ellos. En varias oportunidades llevaba a sus discípulos a situaciones límite, como las tormentas en el mar, por medio de las cuales aprendieron las lecciones de fe y confianza en la bondad y el poder de su Maestro. Otras veces los discípulos eran testigos de actos de misericordia que desafiaban las estipulaciones de la Ley y ocasionaban acaloradas discusiones entre Jesús y los líderes religiosos sobre la autoridad de la Ley. Así aprendieron que para Jesús la persona necesitada siempre tiene precedencia sobre la obediencia ciega de la Ley (Mc 2:23-3:6, etc.).

En otras ocasiones los discípulos observaban cómo Jesús trataba a los necesitados de salud (Mc 1:40-45), los necesitados de enseñanza y orientación (Mc 6:34; Mt 9:36), los que necesitaban comida (Mc 8:2), notando en cada caso lo más característico de él: su compasión, que le llevaba a hacer algo concreto para suplir las necesidades de la gente. Los sanaba, les daba comida, les enseñaba una nueva perspectiva y la posibilidad de encontrar la dirección y orientación de Dios para su vida. Mirando, observando y analizando, los discípulos aprendieron las prioridades de su Maestro: aunque no hubiera tiempo para comer (Mc 3:20ss), la compasión que sentía por la gente necesitada le llevaba a preocuparse y ocuparse por aliviar su sufrimiento y cambiar su situación.

Dentro del selecto grupo de los más allegados a Jesús, los discípulos aprendieron a aceptarse mutuamente a pesar de sus diferencias de personalidad, carácter, trasfondo, convicciones y preferencias. Tomaron conciencia del valor de toda persona humana al ver que Jesús se hacía amigo de la gente de mala fama, de los recolectores de impuestos para el Imperio Romano, de mujeres e incluso de algunos despreciados gentiles.

Por su ejemplo y en sus enseñanzas Jesús mostraba a sus seguidores la importancia de la oración y la comunión personal con el Padre, como preparación para días de muchas demandas y actividades.

La manera en que Jesús enseñaba a sus discípulos muestra un saludable equilibrio entre una práctica que respondía a las múltiples necesidades humanas a su alrededor, por un lado, y la enseñanza y la reflexión necesarias para orientar y dirigir esas actividades, por el otro (Mc 4:34). En medio de las presiones y los conflictos, sus discípulos encontraban respuestas a sus preguntas, nuevas enseñanzas para situaciones nuevas, nuevos desafíos intelectuales y espirituales. Sobre todo, experimentaban la presencia del Maestro a su lado.

Un tiempo más adelante, después de la ascensión del Maestro y la llegada del Espíritu Santo, aun los gobernantes judíos reconocieron que Pedro y Juan "habían estado con Jesús" (Hch 4:13). En sus actitudes, su comportamiento, su conocimiento, su comprensión de la Escritura, mostraban los efectos de haber pasado su periodo de discipulado bajo la tutoría de Jesús mismo.

2. "Ser como su maestro"

Mateo, Lucas y Juan recogen el uso que hacía Jesús de lo que parece ser un dicho común: el discípulo (o siervo) no está por encima de su maestro (Mt 10:24; Lc 6:40; Jn 13:16). De allí Jesús menciona el fin del proceso de discipulado: "Todo el que está bien formado será como su maestro" (Lc 6:40 BJ). Con estas palabras define el propósito de la formación de sus seguidores, de los años de acompañar a sus discípulos por experiencias a veces difíciles, a veces estimulantes, a veces agradables, pero siempre instancias de enseñanza y de aprendizaje. Compartir la vida con Jesús y acompañarle por todas partes apuntaban a la transformación del discípulo, una transformación más profunda que la simple imitación de un modelo, aunque no la excluye: la transformación de su carácter, sus valores, sus prioridades en la vida, su acercamiento a la gente. Nadie podía ser igual después de haber acompañado a Jesús; cambian su carácter, su manera de pensar, su conducta. El seguimiento de Jesús es un proceso que incluye la apropiación personal por parte del discípulo de las características, el carácter, los propósitos del Maestro. La meta del seguimiento de Jesús es ser como él.

Para Jesús, la cualidad distintiva de sus discípulos transformados es el amor (Jn 13:34-5). Este amor se muestra en la relación mutua entre ellos, y es el reflejo del amor que Jesús les mostraba, la señal de su obediencia y la prueba de su relación con Jesús. En su vida y en su muerte Jesús les dio el ejemplo del tipo de amor que esperaba que aprendieran sus discípulos: "Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos" (Jn 15:13). Oró para que este amor estuviera en sus discípulos (Jn 17:26), que fuera la base de sus relaciones mutuas, y que se demostrara a otros (Mt 22:37-40; Lc 10:25-37).

Otra cualidad del carácter de Jesús que él esperaba que sus seguidores mostraran en su vida diaria es el servicio abnegado, la evidencia de una voluntad puesta a la disposición de otros (Mc 10:35-45; Jn 13:1-17). El discípulo que toma en serio su relación con su Maestro estará aprendiendo a servir, reflejando el carácter de su Maestro, en un servicio sacrificado, marcado por la cruz. Este tipo de servicio no es más que la expresión práctica y observable de una cualidad del carácter de su Maestro que algunos de sus discípulos encontraron muy difícil de aprender: la humildad, un concepto realista de sí mismos y sus relaciones con Dios y con sus semejantes (Mc 9:33-37).

Quizás el aspecto del carácter de Jesús que resultó más difícil para los discípulos, y uno que aprendieron sólo por medio de su crucifixión y resurrección y con la presencia del Espíritu Santo, era la realidad de perdonar "de todo corazón" (Mt 6.14-15; 18:15-35).

En sus enseñanzas directas y por medio de una variedad de parábolas Jesús impartía a sus seguidores la realidad del Reino o reinado de Dios que caracterizaba todo su mensaje, pero los discípulos comprendieron este concepto sólo después de su ascensión. En la persona de Jesús, el Rey había llegado a su mundo. Estaba preparando a sus discípulos para servir como agentes de su Reino en la tierra. Ellos serían sus representantes, unidos en la iglesia que formaría por la obra del Espíritu Santo, responsables de continuar la misión que él había iniciado.

Lo que ha escrito un educador cristiano resume el propósito del discipulado ejercido por Jesús: "Buena parte de la educación se ocupa de ayudar a la gente a saber lo que saben los maestros. La educación cristiana (y podemos decir “el discipulado cristiano”) se ocupa de ayudar a la gente a llegar a ser lo que son los maestros.” (Richards 1975: 30).

3. Ser enviados para compartir la misión de Jesús

Jesús describía de varias maneras la responsabilidad a que apuntaba el periodo de formación de sus discípulos. Los nombró "apóstoles" (Lc 6:13; Mc 3.14), personas enviadas para cumplir sus instrucciones, sus testigos, sus misioneros. Marcos resume las palabras de Jesús en pocas palabras: "...y para enviarlos..." (3.14). Ser "pescadores de hombres" ilustra bien la obra de Jesús en que pensaba involucrar a sus seguidores. El tiempo de aprendizaje en contacto íntimo con Jesús, por importante que fuera, no podía ser un fin en sí. Jesús vino con una misión que se expresaba en las palabras: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10:10). Ahora quería enviar a sus seguidores con la misma misión, la de llevar a la gente la vida abundante del Reino de Dios. Para ese fin, como escribe Marcos, Jesús llamó a los apóstoles para cumplir una misión doble: "a predicar y ejercer autoridad para expulsar demonios". Mateo y Lucas agregan un tercer aspecto de la tarea: "sanar toda enfermedad" (Mt 10:1; Lc 9:1). Los evangelistas cuentan que Jesús envió a sus seguidores "a predicar el reino de Dios y a sanar a los enfermos" (Lc 9:2); que "salieron y exhortaban a la gente a que se arrepintiera", expulsando demonios y sanando enfermos (Mc 6:12-13). La misión que inició Jesús apela a la persona entera y se dirige a resolver necesidades en todas las áreas de su vida: su relación con Dios, su estado espiritual y psíquico, su bienestar físico.


Es interesante observar que en esta etapa de su formación, los nuevos misioneros fueron enviados de dos en dos para un periodo de práctica supervisada en territorio conocido. Después de un tiempo, regresaron a contar sus experiencias al Maestro (Mc 6:30; Lc 9:10). Lucas relata que en otra ocasión Jesús envió a un grupo más grande de sus seguidores, con la misma tarea y respaldados por la misma autoridad (Lc 10). El Maestro sabía que no les sería fácil, que quizás se equivocarían, pero que tenían que poner en prueba lo que habían aprendido estando con él, y así reforzar su aprendizaje. Nunca estarían solos, aun en situaciones de rechazo y oposición. Los apóstoles-en-formación sabían que su compromiso era parte de la misión de su Maestro: mostrar la presencia del Reino de Dios entre la gente e invitarla a entrar, anun-ciando el perdón de pecados y supliendo sus necesidades espirituales, emocionales y físicas.

Al final de los años de estar con Jesús, de aprender de su ejemplo, de compartir la misión bajo su supervisión, de ser testigos de su muerte y resurrección, estos discípulos-llamados-a-ser-apóstoles escucharon palabras decisivas de la boca de su Maestro: "Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes" (Jn 20.21). Habrán recordado una de las varias ocasiones en que Jesús había afirmado que su vida era su respuesta a la voluntad del Padre que lo había enviado. Aquí está el desafío de sus palabras: sus apóstoles seguirán su ejemplo, haciendo la voluntad de Dios, predicando el mensaje de reconciliación y salvación, sanando a los enfermos, expulsando demonios, sirviendo sacrificialmente a los necesitados. Su vida reflejará la misma motivación y los mismos propósitos que habían caracterizado la vida del Maestro.

Pero las próximas palabras de Jesús alivian el pesado sentido de responsabilidad: "Reciban el Espíritu Santo". Recordando que Jesús había prometido que no los dejaría huérfanos, sino que volvería a ellos aunque no en forma corporal, los apóstoles comenzaron a aceptar su nueva responsabilidad como representantes de su Maestro encargados de continuar el trabajo que él había iniciado entre la gente.

Al concluir su relato de la vida del Maestro, Mateo muestra su comprensión de la misión a la cual Jesús había llamado a sus seguidores (28:18-20). Esta tarea incluye la responsabilidad de reproducirse, de hacer nuevos discípulos, ahora no sólo entre sus compatriotas, sino de gente de todas las naciones, aun de los gentiles. Ya no es Jesús mismo quien llama, discipula y enseña. Todo esto pasa a ser la misión de los discipulados: hacer nuevos discípulos por medio de la evangelización y la enseñanza, siguiendo el modelo que les dejó Jesús. Así se inicia la reacción en cadena que se extiende desde Jesús de Galilea hasta nuestra día, pasando por los siglos de historia de la Iglesia.

Bibliografía

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Elwell, Walter, ed. Evangelical Dictionary of Biblical Theology, Baker, Grand Rapids, 1996.

Ladd, George Eldon. A Theology of the New Testament, Eerdmans, Grand Rapids, 1974.

Mateos, Juan. Los "doce" y otros seguidores de Jesús en el Evangelio de Marcos, Cristiandad, Madrid, 1982.

Richards, Larry. A Theology of Christian Education, Zondervan, Grand Rapids, 1975.

Sobre la autora

Catalina de Padilla, nació en Estados Unidos el 5 de noviembre de 1932, latinoamericana por adopción, hizo su Maestría en Nuevo Testamento en Wheaton College Graduate School, Estados Unidos. Por más de dos décadas colaboró con la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (CIEE) y por más de 25 años enseñó interpretación bíblica y griego en el Instituto Bíblico Buenos Aires (IBBA), Argentina. Fue la primera decana del Centro de Estudios Teológicos Interdisciplinarios (CETI) de la Fundación Kairós e integrante del Consejo de administración de dicha institución durante muchos años. Ha dictado cursos sobre estudio bíblico en múltiples contextos y ha escrito varios manuales y artículos sobre temas de su especialidad. Fue miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL). Estaba casada con el Dr. René C. Padilla, madre de 5 hijos y abuela de varios nietos y nietas. Falleció el 21 de noviembre del 2009, dejando un legado de fe y compromiso a todos sus amigos, amigas, familia, alumnos y alumnas.

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