Jesús y la Mujer Samaritana: : Releyendo una historia amada


En Juan 4:1-30 encontramos lahistoria del encuentro del Señor Jesús con la samaritana en el pozo de Jacob, empieza por preparar el escenario para lo que acontecerá después en Samaria, y tiene sus antecedentes en lo que ya, a estas alturas del Evangelio de Juan, había tenido lugar en Judea. El rápido incremento de la popularidad de Jesús supuso un significativo número de seguidores. Los discípulos de Jesús realizaban un antiguo rito ceremonial judío con agua (conocido por nosotros hoy como “bautismo”), como Juan el Bautista y sus discípulos realizaban. El ritual representaba la confesión de los pecados de la gente y el reconocimiento de la necesidad del poder purificador del perdón de Dios. Cuando Jesús tuvo claro que las multitudes se hacían más numerosas y, especialmente, cuando supo que este hecho alarmaba a los fariseos, decidió que había llegado el momento de ir a Galilea a través de Samaria (versículos 1-3).

 

Geografía 

 

Las tierras de Samaria se encontraban entre Judea y Galilea, aunque no exclusivamente. Estaban situadas dentro de las fronteras de la tierra que fue repartida al azar entre los hijos de José, Efraín y Manasés (hoy la mayor parte de Samaria y gran parte de Judea constituyen los territorios disputados/ocupados situados en la Autoridad de Palestina). Teniendo en cuenta las tensiones judeo-samaritanas, que se asemejan en varios aspectos al conflicto palestino-israelí, ambos grupos intentaron evitar cruzar por los territorios de los otros durante los viajes. El camino alrededor de Samaria para viajar desde Judea a Galilea era dos veces más largo que los tres días del viaje directo desde Galilea a Jerusalén, puesto que Samaria requería cruzar el río Jordán dos veces para seguir un camino que discurre al este del río (Vita 269). El camino que cruzaba Samaria era más peligroso porque los ánimos entre samaritanos y judíos normalmente estaban muy caldeados (Ant. 20.118; Guerras 2.232).

No se nos explica la razón por la que Jesús y sus discípulos necesitaron cruzar Samaria. Juan simplemente dice que Jesús “tuvo que ir”, suponiendo que, tanto para Jesús como para otros judíos, esto era inusual. 

Por supuesto, es posible que Jesús necesitara llegar a Galilea con relativa rapidez. Pero el texto no nos da indicaciones de que tuviera una invitación pendiente a algún acontecimiento en Galilea al cual pudiera llegar tarde. El texto solo establece que él se fue cuando presagió que una confrontación inminente con los fariseos sobre su popularidad entre los israelitas iba a ser inevitable. A esto había que añadirle la opinión de Jesús de que aún no había llegado el momento de tal confrontación. En la mente de Jesús, el enfrentamiento con los corredores de bolsa religiosos de Judea era, en ese momento, prematuro, y mucho más necesario que se produjera antes de subir a la cruz y beber la copa de la ira del Señor en representación de su pueblo. Los gobernantes fariseos eran una parte integral de tal liderazgo religioso. 

La manera en que Jesús veía a los samaritanos y su propio ministerio entre ellos podría sorprendernos si continuamos revisando la historia. El inesperado viaje de Jesús a través de territorio hostil y profano tiene un significado más allá de mi explicación superficial. En un sentido auténticamente real, la inconmensurabilidad del plan y la misión de Dios, desde el momento que su Hijo real fue eternamente concebido en Su mente, había de unir toda su apreciada creación en redentora unidad. Jesús fue enviado a conseguir la paz entre el hombre y Dios, así como entre el hombre y el hombre. La consecución de este gran propósito empezó con la misión de unificar a los samaritanos israelitas con los israelitas de Judea. Los movimientos y actividades de Jesús fueron todos llevados a cabo de acuerdo con la voluntad y designio de su Padre. Él solo hizo lo que vio hacer a su Padre (Jn. 5:19). Siendo este el caso, podemos estar seguros de que, en ese momento, el viaje de Jesús a través de Samaria fue dirigido por su Padre; como también lo fue su conversación con la samaritana. 

 

Los samaritanos 

 

Primero, los samaritanos israelitas definían su existencia en términos israelitas exclusivamente. Los samaritanos se autodenominaban –“los hijos de Israel” y “los guardianes” (shomrim). Las fuentes judías se refieren a los samaritanos como “kutim”. El término está probablemente relacionado con la ubicación en Irak desde la cual los exiliados no israelitas fueron importados desde Samaria (2 de Reyes 17:24). El nombre “Kutim o Kutites” fue utilizado en oposición con el término “shomrim” que significa los “guardianes”, el término que se reservaban para ellos mismos. Los escritos israelitas judíos enfatizaron la identidad foránea de la religión y la práctica samaritana en oposición con la verdadera fe de Israel. Los samaritanos israelitas creían que tal identificación negaba su derecho histórico de pertenecer al pueblo de Israel. Los samaritanos israelitas constituían el remanente de creyentes de las tribus del Norte –los guardianes de la antigua fe. 

Segundo, los samaritanos israelitas siempre se habían opuesto a la veneración del Dios de Israel en Jerusalén, creyendo en su lugar que el centro de veneración de Israel estaba asociado con el Monte Gerizim –la montaña de la bendición de la alianza de YHWH (Dt. 24:12). Por otro lado, los judíos/judeos israelitas creían que el Monte Sion en Jerusalén era el epicentro de la actividad espiritual en Israel. Una de las razones para el rechazo de las profecías judías escritas por los samaritanos israelitas fue que los profetas hebreos respaldaban a Jerusalén y a la dinastía de David. 

Tercero, los samaritanos tenían un credo cuádruple: a) un Dios: YHWH, b) un profeta: Moisés, c) un libro: Torá, y d) un lugar: el Monte Gerizim. Muchos de los judíos israelitas de la época de Jesús coincidían en dos de esos puntos: “un dios” y “un libro”. No estaban de acuerdo en la identidad del lugar de veneración ni con otros libros que deberían haber sido aceptados por el Pueblo de Israel: los Profetas y los Escritos. 

Cuarto, los samaritanos creían que los judeos israelitas habían tomado el camino equivocado en su práctica religiosa de la antigua fe israelita, que tildaban de sacrílego, igual que hacían los judíos respecto a la expresión de fe samaritana. La relación entre estos dos grupos antiguos puede ser comparada con el virulento desacuerdo entre musulmanes chiítas y suníes hoy. Para los de fuera, ambos grupos son musulmanes, pero no para los chiítas y suníes. Para ellos, uno es verdadero y el otro es falso; uno es real y el otro un impostor. El conflicto samaritano-judío fue, en este sentido, muy similar. En muchos aspectos, este conflicto definió la polémica interna israelita del primer siglo.

Quinto, como ha sido mencionado antes, los samaritanos no deben ser confundidos con un grupo sincrético de personas que también vivió en Samaria (samaritanos gentiles) que fue, muy probablemente, la gente que se había acercado a los retornados a Jerusalén para ayudarles a construir el templo de Jerusalén, y fueron rechazados por ellos (Esdras 4:1-2). Debido a su teología, los israelitas samaritanos, los que quedaban del reino del norte de Israel, no pudieron financiar la construcción del Templo en Jerusalén. En 2 de Crónicas 30:1-31:6 se nos dice que no toda la gente del reino del norte de Israel fue exiliado por los asirios. Confirmando la versión samaritana, muchos de ellos se quedaron para siempre después de la conquista Asiria de la tierra en el siglo VIII a. C., preservando las antiguas tradiciones israelitas que se diferenciaban de las últimas innovaciones de la versión judea de la fe de Israel.

Sexto, los israelitas samaritanos utilizaban lo que hoy se conoce como “hebreo samaritano” en una escritura que es la descendiente directa del paleohebreo (hebreo antiguo), mientas que los judíos israelitas adoptaron una nueva forma de letras cuadradas y estilizadas que formaban parte del alfabeto arameo. Además, en tiempos de Jesús los israelitas samaritanos estaban fuertemente helenizados en Samaria, propiamente dicha, y en la diáspora. De la misma manera que los judíos israelitas tenían la Septuaginta, los israelitas samaritanos tenían su propia traducción de la Torá en griego, llamada Samaritikon.

Y, por último, los israelitas samaritanos creían que esa versión de la Torá era la versión original y que la Torá judía era la versión editada, que había sido cambiada por los judíos babilonios. Contrariamente, los judíos les acusaban de que la Torá samaritana representaba una versión editada para reflejar el punto de vista de los samaritanos. Como pueden ver, no se trataba de una relación fácil.

 

El encuentro

 

Al describir el encuentro, Juan realiza varias observaciones interesantes que tienen implicaciones importantes en nuestra comprensión de los versículos 5-6. “Fue, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta”. Juan menciona el pueblo samaritano llamado Sicar. No está claro si Sicar era una aldea cercana a Siquem o si Siquem mismo estaba a la vista. El texto simplemente señala la localización cerca de la parcela de tierra que Jacob le dio a su hijo José. Tanto si era o no el mismo sitio, lo que sí es seguro es que estaban en las inmediaciones, al pie del Monte Gerizim. Mientras que esto es interesante y muestra que Juan era un lugareño, y conocía la detallada geografía de la zona, no es menos importante, e incluso más significativo, que el autor del Evangelio destaque la presencia de un testigo silencioso en este encuentro: los huesos de José. Así es como el libro de Josué relata el acontecimiento:

“Enterraron en Siquem los huesos de José que los hijos de Israel habían traído de Egipto, en la parte del campo que Jacob compró, por cien monedas, de los hijos de Hamor, padre de Siquem, y que pasó a ser posesión de los hijos de José” (Josué 24:32). La razón para esta referencia a José en el versículo 5 solo estará clara cuando vemos que la samaritana sufre de una manera similar a la de José. Si esta lectura de la historia es correcta, solo como José soportó sufrimientos inexplicables para llevar la salvación a Israel, de la misma manera la mujer samaritana soportó sufrimientos que llevaron a la salvación de los israelitas samaritanos en ese lugar (4:39-41).

“Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta”. Ha sido tradicionalmente asumido que la samaritana era una mujer de mala reputación. La referencia a la hora sexta (cerca del mediodía) ha sido interpretada como que ella estaba evitando la hora en que la mayoría de las mujeres del pueblo iban a buscar agua. La hora sexta bíblica era supuestamente la peor hora posible del día para salir de casa y aventurarse al calor abrasador del exterior. “Si alguien iba a buscar agua a esa hora, podríamos concluir que estaba evitando a la gente,” dice el argumento. Nosotros estamos, en cualquier caso, sugiriendo otra posibilidad.

La teoría popular la ve como una mujer particularmente pecadora que había caído en el pecado sexual y por lo tanto Jesús le pidió explicaciones sobre la cantidad de maridos en su vida. Jesús le dijo, según la teoría popular, que Él sabía que ella había tenido cinco maridos y que en ese momento vivía con su actual “novio” fuera de los lazos del matrimonio, y, por tanto, ella no estaba en condiciones de jugar juegos espirituales con Él. Según este punto de vista, la razón por la que ella evitaba a la multitud era precisamente por la reputación de sus efímeros compromisos maritales. Pero existen algunos problemas con esta teoría:

Primero, el mediodía no es la peor hora para estar fuera bajo el sol. Si fueran las 3 de la tarde (3 pm, la novena hora) la teoría tradicional hubiera tenido más sentido. Además, no está del todo claro que tuviera lugar durante los meses de verano, que podrían hacer completamente irrelevante el tema del clima en Samaria. En segundo lugar, ¿es posible que estemos exagerando el hecho de que ella fuera a buscar agua “a una hora inusual”? ¿No hacemos todos a veces cosas normales en horarios inusuales y este podría ser uno de esos casos? Esto no quiero decir necesariamente que nos estemos escondiendo de alguien. Por ejemplo, leemos que Raquel fue al pozo con su oveja probablemente también a la misma hora (Gn. 29:6-9). Existen otros problemas con la lectura de este texto:

Cuando intentamos entender esta historia con una actitud tradicional, no podemos evitar sino sorprendernos de la posibilidad de que, en esa conservadora sociedad israelita samaritana, una mujer con una trayectoria tan mala en cuanto a respetar los valores de la comunidad hubiera conseguido que el pueblo entero lo dejara todo para ir con ella a ver a Jesús (4:30). La lógica común es como sigue: ella había llevado una vida tan impía que cuando otras personas oyeron hablar de su emoción y su recién interés espiritual descubierto, ellos respondieron con asombro y fueron a ver a Jesús por sí mismos. Esta representación, aunque posible, parece improbable para el autor de este libro, y parece leer interpretaciones teológicas (evangélicas) mucho más posteriores de esta antigua historia, que tenía su propio escenario histórico. Estoy convencido de que leer la historia de una manera nueva es más lógico y crea menos problemas de interpretación que la visión comúnmente mantenida.

Vamos a ver con mayor profundidad Juan 4:7-9: “Llegó una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: ‘Dame de beber’, pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La mujer samaritana le dijo: ‘¿Cómo tú, siendo judío (Ioudaioi), me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?’ porque judíos (Ioudaioi) y samaritanos no se tratan entre sí”.

A pesar del hecho de que las diferencias eran insignificantes y poco importantes para el ojo moderno, Jesús y la samaritana sin nombre procedían de dos pueblos diferentes e históricamente adversarios, cada uno de los cuales consideraba que el otro se había desviado drásticamente de la antigua fe de Israel. Como se ha mencionado antes, un paralelismo moderno al conflicto judeosamaritano podría ser la virulenta animosidad entre musulmanes chiítas y suníes. Para muchos de nosotros hoy, los musulmanes son musulmanes, pero dentro del Islam esta no es una afirmación consensuada. Las dos partes consideran a los otros como los mayores enemigos del verdadero Islam. También para la gente del mundo antiguo. Estos dos grupos de gente beligerante eran israelitas y ambos formaban parte de la misma fe. En cualquier caso, eran los enemigos más irreconciliables. Esto no era porque ellos fueran tan diferentes, sino precisamente porque eran muy parecidos. Ambos grupos israelitas consideraban al otro como impostor. Aunque no disponemos de fuentes samaritanas que nos hablen de su posición oficial, nosotros sabemos que una fuente más reciente, el Talmud babilonio, al referirse a las visiones y prácticas del pasado remoto, afirma: “Las hijas de los samaritanos menstrúan desde que están en la cuna” (bNidd. 31b) y, por tanto, cualquier cosa que hayan tocado puede ser impura para los judeos. 

La mujer samaritana probablemente supo que Jesús era judeo por su distintivo traje tradicional judío y su acento (es altamente probable que la conversación tuviera lugar en una lengua familiar para ambos). Jesús seguramente llevaría trajes rituales (tzitzit) en obediencia a la Torá/Ley de Moisés (Nm. 15: 38 y Dt. 22:12), pero, puesto que los hombres israelitas samaritanos también observaban la Torá, esto no hubiera sido un factor distintivo (recuerde que samaritano significa “guardián” de la Ley y no la gente que vivía en Samaria). La diferencia entre estos dos grupos no era si la Torá de Moisés debía ser obedecida, sino cómo debía ser obedecida. Jesús continúa:

10 Respondió Jesús y le dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pedirías, y él te daría agua viva”. 11 La mujer le dijo: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?” 13 Jesús le contestó: “Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. 15 La mujer le dijo: “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla”. 16 Jesús le dijo: “Ve, llama a tu marido, y ven acá”. 17 Respondió la mujer y dijo: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Bien has dicho: ‘No tengo marido’, 18 porque cinco maridos has tenido y el que ahora tienes no es tu marido. Esto has dicho con verdad”. 19 Le dijo la mujer: “Señor, me parece que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, pero vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar”.

Este pasaje ha sido frecuentemente interpretado como sigue: “Jesús inicia un conversación espiritual (vers. 10). La mujer empieza a ridiculizar la afirmación de Jesús señalando su incapacidad de proveer lo que parece ofrecer (versículos 11-12). Después de una breve confrontación en la cual Jesús señala la falta de una solución eterna a los problemas espirituales de la mujer (versículos 13- 14), la mujer continúa con una actitud sarcástica (vers. 15). Finalmente, a Jesús le parece suficiente y él entonces expone con énfasis el pecado en la vida de la mujer –un patrón de relaciones familiares rotas (versículos 16-18). Entonces, herida en los más profundo por la omnisciente visión de rayos X, la mujer reconoce su pecado en un momento de sinceridad (vers. 19) llamando profeta a Jesús. Pero entonces, como todo no creyente hace normalmente, ella intenta evitar el tema de su pecado y su necesidad espiritual planteando temas doctrinales (vers. 20) para evitar tener que abordar los temas reales de su vida”. Aunque esta puede no ser la única manera de que este texto sea comúnmente entendido, sigue una generalizada visión negativa de la mujer samaritana.

Como esta interpretación popular presupone que la mujer fue particularmente inmoral, se ve la conversación completa bajo la luz de ese punto de vista negativo. Me gustaría recomendar una trayectoria completamente diferente para entender esta historia. A pesar de que esta argumentación no es irrefutable, este itinerario alternativo parece ser más adecuado para el resto de la historia, y especialmente para su conclusión. Como poco, merece atención y evaluación.

 

 

Releyendo la historia

 

 

Como se ha sugerido previamente, es posible que la mujer samaritana no estuviera tratando de evitar a nadie. Pero, incluso si lo estaba intentando, existen otras explicaciones para su evitación que no sea el sentimiento de culpabilidad sobre su inmoralidad sexual. Por ejemplo, como usted sabe muy bien, la gente no quiere ver a nadie cuando está deprimida. La depresión existía en tiempos de Jesús, igual que está presente en la vida de la gente de hoy. En lugar de asumir que la mujer samaritana cambiaba de marido como de guantes, es razonable pensar que era una mujer que había experimentado la muerte de varios maridos, o que era una mujer cuyos maridos le habían sido infieles, o incluso una mujer cuyos maridos se divorciaban de ella por su incapacidad de tener hijos. En la antigua sociedad israelita, las mujeres no iniciaban divorcios. Cualquiera de estas sugerencias, y otras, son posibles en este ejemplo.

 

El libro de Tobías (siglo II a. C.), por ejemplo, habla de una mujer judía llamada Sara que tuvo siete maridos quienes, con la ayuda de fuerzas demoníacas, morían todos el día de su boda. Ella fue menospreciada por la comunidad, considerada como si estuviera maldita y culpable de las muertes de ellos. Deprimida hasta el punto del suicidio, Sara rezó a Dios para acabar con su vergüenza, insistiendo en su pureza hasta el final (Tobías 3:7-17). La gente se portaba de manera injusta con Sara. Sin duda, la posición social de la mujer samaritana le supuso gran angustia también. Mi propia tía abuela tuvo cuatro maridos y ella les sobrevivió a todos. Por eso sé que esto ocurre. Jesús afirma que ella vivía con un hombre que no era su marido. Algunos asumen que esto significa que la mujer vivía con su novio, pero esto no se dice. Quizás ella necesitaba ayuda y vivía con un pariente lejano, o en cualquier otro indeseable arreglo, para poder sobrevivir. Jesús no estaba clavándola a la cruz de la justicia, sino que en vez de eso está haciéndole saber que el sabía todo sobre el dolor que estaba soportando. Esto está ciertamente más en la línea del Jesús que conocemos por otros momentos de su vida.

 

Si tengo razón en mi sugerencia de que esta mujer no era una “mujer pecadora”, entonces quizás podamos conectar su testimonio, increíblemente exitoso, a la aldea, con la inesperada, pero extremadamente importante, referencia de Juan a los huesos de José. Vale la pena destacar que, para una lectura samaritana del Evangelio, la referencia al lugar de los huesos de José y al pozo de Jacob tendría un importante significado. Cuando entendemos que la conversación tuvo lugar cerca de los huesos de José, nos recuerda inmediatamente la historia de José y su sufrimiento prácticamente inmerecido. Como usted debe recordar, solo parte del sufrimiento de José fue autoimpuesto. Ya hacia el final, cuando nadie lo vio venir, los sufrimientos de José se convirtieron en acontecimientos que llevaban, desde el hambre y la muerte, a la salvación.

 

Ahora vamos a considerar con mayor detalle la conexión con José. Siquem era una de las ciudades de refugio donde un hombre que hubiera matado a alguien de manera fortuita era provisto con un lugar seguro en Israel (Josué. 21:20-21)26. Como habitantes de Siquem, estaban viviendo el resto de sus vidas a la sombra de la prescripción de la Torá, eran profundamente conscientes del status inusual de gracia y la función protectora de Dios que había correspondido a su ciudad especial. Ellos debían proteger a la gente que era desgraciada, cuyas vidas se veían amenazadas por miembros vengadores de la familia, pero que no eran en realidad culpables de ningún crimen intencionado que mereciera un castigo amenazador.

 

José había nacido en una familia muy especial donde la gracia y la salvación serían una descripción característica. Jacob, el descendiente de Abraham e Isaac, tuvo once hijos, cuyas acciones (aparte de Benjamín) en vez de ayudar a su padre a educar a José, iban desde ataques de celos hasta el deseo de eliminar para siempre a su consentido pero “especial” hermano. Pero había más. Fue en Siquem donde Josué reunió a las tribus de Israel, desafiándolas a abandonar a sus antiguos dioses en favor de YHWH y, después de hacer una alianza con ellos, él enterró los huesos de Jesús allí. Lo leemos en Josué 24:1-32:

 

Reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, a sus príncipes, sus jueces y sus oficiales. Todos se presentaron delante de Dios... Si mal os parece servir al Señor, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos al Señor... Entonces Josué hizo un pacto con el pueblo aquel mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem. Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios, tomó una gran piedra y la plantó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario del Señor... Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué, y durante toda la vida de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho por Israel. Enterraron en Siquem los huesos de José que los hijos de Israel habían traído de Egipto, en la parte del campo que Jacob compró, por cien monedas, de los hijos de Hamor, padre de Siquem, y que pasó a ser posesión de los hijos de José.


Es interesante que el lugar para el encuentro con la mujer samaritana fuera escogido por el Señor de la providencia de una manera tan bonita: una mujer alienada emocionalmente, que se sentía en peligro, vivía, irónicamente, en o cerca de una ciudad de refugio, y está manteniendo una conversación en la que encuentra la fe y renueva su pacto con el Hijo Real de Dios, Jesús, que ha venido a reunir a todo Israel con el Dios de la mujer. Ella hace eso en el mismo lugar donde los antiguos israelitas renovaron su alianza en respuesta a las palabras de Dios, sellándolo con dos testimonios: 1) la piedra (Josué. 24:26-27) –confesando con sus bocas sus pactos y obligaciones en la fe del Dios de Israel, y 2) los huesos de José (Josué. 24:31-32) – cuya historia les guía en sus viajes.

 

En cierto sentido, la mujer samaritana hace lo mismo que los antiguos israelitas –confesar su fe en Jesús como el Cristo y la alianza de la salvación del mundo a sus convecinos–, como leemos en Juan 4:29-39: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo? Entonces salieron de la ciudad y vinieron a él... Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio...” La conexión entre José y la mujer samaritana no acaba aquí. Debemos recordar que José había recibido una bendición especial de su padre en el momento de la muerte de Jacob. Era una promesa de que él sería una fructífera vid escalando una pared (Gn. 49:22). El Salmo 80:8 habla de una vid traída de Egipto, cuyos brotes se extendieron por la tierra, finalmente llevando la salvación al mundo gracias al vino verdadero. En Juan 15: 1 leemos que Jesús se identificó a sí mismo como este vino verdadero. Como el Israel de antaño, Jesús también fue simbólicamente traído desde Egipto (Mt. 2:15). En su conversación con la mujer samaritana, Jesús, –el vino prometido en la promesa de Jacob a José– estaba, en efecto, escalando la pared de la hostilidad entre los judeos y los israelitas samaritanos para unir estas dos partes de Su Reino a través de Su persona, sus enseñanzas y actos. En una manera profundamente simbólica, esta conversación tiene lugar en el pozo de Jacob, a quien se le hizo la promesa.

Ahora que ya hemos revisado algunos de los simbolismos más importantes de la Biblia Hebrea/Antiguo Testamento, vamos a releer esta historia bajo un nuevo lente. Podría haber sido así:

Jesús inició una conversación con la mujer: “¿Podrías darme de beber?” Sus discípulos habían ido al pueblo para comprar comida. La mujer se sentía a salvo con Jesús no solo porque él no era del pueblo de ella, sino porque él no sabía nada de su vida fracasada e incluso de la depresión que ella podía sentir durante meses. Para la mujer, él formaba parte de una profana, aunque familiar, comunidad religiosa. Jesús podría no haber tenido contacto con los líderes samaritanos israelitas de la comunidad de la mujer.

Respondió Jesús y le dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pedirías, y él te daría agua viva”.

 

Es importante que dibujemos a la mujer. Ella no estaba riendo; estaba manteniendo con Jesús una discusión instruida, profundamente teológica y espiritual. Este era un intento por descubrir la verdad que estaba fuera de su aceptado marco teológico y seguramente no pasaría el test de las sensibilidades culturales de los samaritanos “creyentes”. Ella aceptó el tema con Jesús precisamente porque se tomaba la palabra de Dios (la Torá samaritana) en serio:

 

La mujer le dijo: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. La mujer le dijo: “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla”.

 

Este tema del agua27 se repetirá varias veces en el Evangelio de Juan, pero incluso en este punto podemos ver las preocupaciones de Jesús y de Juan con el agua, en relación con el simbolismo relacionado con el Templo. Volveremos a este tema en los siguientes capítulos.

Después de la interacción anterior, que toca una fibra sensible familiar para el cristiano que ha experimentado el poder vivificador de la presencia de Jesús y su renovación espiritual, Jesús continuó la conversación. Hizo saber a la mujer samaritana sin nombre que Él entendía los problemas de ella mucho más de lo que ella creía. Él hizo esto demostrándole que él era consciente del dolor y el sufrimiento que ella había tenido que soportar durante su vida. “Jesús le dijo: ‘Ve, llama a tu marido, y ven acá’. Respondió la mujer y dijo: ‘No tengo marido’. Jesús le dijo: “Bien has dicho: ‘No tengo marido’, porque cinco maridos has tenido y el que ahora tienes no es tu marido. Esto has dicho con verdad”.

 

Tenemos que intentar desconectarnos de la visión normal de este pasaje y permitir otra posibilidad de interpretación. Recordemos la referencia aparentemente oscura de los huesos de José: ¿Qué tendría más sentido para los israelitas del primer siglo que eran enterrados cerca del lugar donde la conversación tenía lugar? Al principio de la historia, Juan quería recordarnos a José. Él era el hombre que sufrió mucho en su vida28, pero cuyo sufrimiento fue utilizado básicamente para la salvación de Israel y del mundo conocido. Bajo el liderazgo de José, Egipto se convirtió en la única nación que supo guardar el grano durante los años de abundancia y fue capaz después de alimentar a otros durante los años de hambruna (Gn. 41:49-54). Es altamente simbólico que esta conversación tuviera lugar en presencia de un testigo silencioso: los huesos de José. Dios primero permitió injusticias físicas, psicológicas y sociales sobre José: después él uso ese sufrimiento para bendecir con grandeza a aquellos que entraron en contacto con él. En lugar de leer esta historia en términos de Jesús relacionando a la mujer inmoral con el estándar de moralidad de la cruz de Dios, debemos leerla en términos de la piedad y la compasión por el mundo que se desmorona en general, y por los israelitas (samaritanos) marginados en particular.

 

De acuerdo con la postura popular, es en este punto, condenado por el reproche profético de Jesús, donde la mujer intenta cambiar el tema y evitar la naturaleza personal del encuentro, estableciendo una controversia teológica sin importancia. El problema es que, aunque estos temas pueden carecer de importancia para el lector moderno, suponían una preocupación muy real para los antiguos lectores, especialmente esos que vivían con el conflicto judeo-samaritano. Por tanto, vamos a considerar una interpretación alternativa: habiendo visto el conocimiento que tenía Jesús sobre la miserable situación de la mujer y la empatía compasiva de él, la mujer se sintió lo suficientemente segura para romper la tradición y escalar la valla de las asociaciones prohibidas. Ella hace una declaración que invita al comentario de Jesús sobre el tema de las diferencias teológicas claves entre los Ioudaioi y los samaritanos. “Le dijo la mujer: ‘Señor, me parece que tú eres profeta.

 

Nuestros padres adoraron en este monte, pero vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar’”.

 

Como se recordará, los samaritanos eran israelitas que consideraban el Monte Gerizim como centro en su comprensión del Pentateuco (Torá), mientras que los judíos tenían el Monte Sion29 como centro en su interpretación del mismo cuerpo de literatura, ciertamente con variaciones ocasionales. Esta cuestión parece trivial para un cristiano moderno que normalmente piensa que lo que es realmente importante es que uno pueda confesar: “Jesús está en mi vida como un Señor y Salvador personal”. Pero, mientras la pregunta de la mujer samaritana pueda no preocuparnos hoy, fue un tema importante. Por ejemplo, esta conversación profundamente teológica y espiritual fue muy importante en la intersección del camino de la historia humana a causa del tremendo impacto que tuvo en el mundo entero, desde que este encuentro tuvo lugar.

 

Con miedo y turbación, la mujer samaritana apartó su sentimiento de humillación y amargura hacia los judeos/judíos, formuló su pregunta bajo la apariencia de una declaración. Lo que recibió de Jesús, ella definitivamente no esperaba oírlo en boca de un judeo:

 

“Jesús le dijo: ‘Mujer, créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos (Ioudaioi). Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren. Dios es Espíritu, y los que lo adoran, en espíritu y en verdad es necesario que lo adoren’”.

Ella se debió quedar estupefacta ante esta declaración. Jesús desafió el punto principal de la división judeo-samaritana –la controversia del Monte Gerizim versus Monte Sión– argumentando que había llegado el tiempo para otro tipo de veneración en general. En inglés se dice “adoraremos sobre esa montaña” (“we will worship on that mountain),” pero cuando hablamos sobre la ciudad decimos “adoraremos en esa ciudad” (“we will worship in that city”). Eso es también el caso en griego, pero no en hebreo, en el cual esta conversación tuvo lugar sin duda, Jesús habría dicho literalmente: “Créeme, mujer, el tiempo ha de llegar cuando no adoraréis al Padre “en” esta montaña ni tampoco “en” Jerusalén. Finalmente el tiempo está llegando y ha llegado ahora cuando los verdaderos adoradores venerarán al Padre “en” espíritu y verdad. El tercer “en” (“in”) sugiere, por tanto, que la enigmática frase “adorar a Dios en Espíritu y Verdad”, debería ser entendido en el contexto de las tres montañas, no dos (Monte Gerizim, Monte Sion y el Monte (de) Espíritu y Verdad). Jesús le está diciendo a la mujer samaritana que debe mirar arriba hacia otra montaña. La elección no fue entre Jerusalén y Siquem (Monte Sion y Monte Gerizim). La elección fue entre el Monte Gerizim y la Montaña del Espíritu y la Verdad.

 

La asombrosa fraseología que Jesús usó en su siguiente afirmación: “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos (Ioudaioi)” (4:22) implica el fin de la idea de que este Evangelio es samaritano, como algunos estudiosos (que han observado el detallado interés samaritano) han concluido erróneamente. Jesús podría no haber aclarado nunca este punto. Cuando se refiere al conflicto judeo-samaritano, él estaba con los judeos. “Nosotros (judeos) sabemos” y “vosotros samaritanos no sabéis” aquello que adoramos. La afirmación más estridente en todo el Evangelio, en cualquier caso, teniendo en cuenta su sobreabundancia de retórica antijudea, es “La salvación es de los Judeos/Ioudaioi”. ¿Qué querría decir Jesús con esto? Desde luego no puede ser entendido seriamente que él estaba diciendo que el subgrupo que buscaba su muerte y, al menos en su liderazgo, le rechazó decisivamente, e iba liderar a todo Israel hacia la salvación. ¿Qué quería decir? La cuestión preliminar que hay que formular es si, además de oír las afirmaciones de Jesús, la mujer samaritana que, ahora que nos damos cuenta, estaba bien versada en la Torá y en la observancia de la Torá, hubiera podido permanecer en paz. ¿A qué debió apelar Jesús para convencer a la mujer samaritana? La respuesta es: la tradición compartida de la Torá entre judeos y samaritanos. Existe un texto en la Torá que encaja perfectamente con esto.

 

En Gn. 49:8-10, un pasaje que se encuentra tanto en la versión judea de la Torá como en la samaritana, leemos:

 

Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano estará sobre el cuello de tus enemigos; los hijos de tu padre se inclinarán a ti. No será quitado el cetro de Judá ni el bastón de mando de entre sus pies, hasta que llegue Siloh; a él se congregarán los pueblos.

La dominación de los enemigos y la garantía de seguridad fueron los elementos esenciales del antiguo concepto de salvación. Nadie en aquella época hubiera pensado en la salvación en términos individualistas occidentales. Judá sería el líder y gobernaría a todos los demás hasta que llegara alguien a quien incluso las naciones servirían con alegría. Cuando Jesús se refirió a este texto, la mujer samaritana asintió en silencio. Debemos recordar que Jesús ya había afirmado que el centro de veneración terrenal tenía que ser reubicado desde la Jerusalén física a la Jerusalén espiritual, concentrada en Él mismo, cuando él habló a Natanael (1:50-51). Él había invocado la gran historia de la Torá del sueño de Jacob con los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo sobre la Tierra Santa de Israel cuando él estaba durmiendo (Gn. 18:12). Él le dijo a Natanael que muy pronto los ángeles descenderían y ascenderían, no sobre Betel (en hebreo, “Casa de Dios”), que los samaritanos identificaban con el Monte Gerizim, sino sobre la más reciente Casa de Dios –Jesús mismo (Jn. 1:14; Jn. 2:21).

 

La religión oficial samaritana, al menos por lo que podemos saber gracias a fuentes más actuales, no incluía escritos proféticos, lo que significa que la mujer samaritana solo disponía de la Torá para poder confiar en su definición de una figura equivalente al Mesías. “La mujer dijo ‘Sé que ese “Mesías” (llamado Cristo) está llegando. Cuando llegue, él nos los explicará/enseñará todo’”. Leemos en Deuteronomio 18:18-19 que es perfectamente coherente con lo que la mujer dijo: “Un profeta como tú les levantaré en medio de sus hermanos; pondré mis palabras en su boca y él les dirá todo lo que yo le mande. Pero a cualquiera que no oiga las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuenta”.

 

A pesar de que un texto samaritano más actual habla sobre una figura equivalente al Mesías (Taheb, Marqah Memar 4:7, 12), los samaritanos de la época de Jesús esperaban a un gran maestro-profeta. El “Mesías” como Rey y Sacerdote era un concepto israelita-judío, y no un concepto israelita samaritano, por lo que sabemos. Por esa razón, la respuesta de la mujer samaritana muestra que no se trata de una conversación imaginaria o simbólica (“él nos lo explicará todo”). En vista de esto, parece que ahora la mujer gentilmente utiliza una terminología claramente judía para referirse a Jesús –el judío. Igual que Jesús estaba escogiendo escalar la pared de los tabús, la mujer samaritana lo estaba haciendo ahora.

 

25 Le dijo la mujer: “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas”. 26 Jesús le dijo: “Yo soy, el que habla contigo”.

 

La historia rápidamente cambia cuando vuelven los discípulos, así como su reacción y los comentarios en la interacción con Jesús. Este intercambio está atrapado entre los encuentros con la mujer samaritana y los hombres de la aldea de ella. Los discípulos se sorprendieron al verle hablando con la mujer samaritana pero ninguno le advirtió sobre lo inoportuno de tal encuentro. 27 En esto llegaron sus discípulos y se asombraron de que hablara con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: “¿Qué preguntas?” o “¿Qué hablas con ella?” 28 Entonces la mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y dijo a los hombres: 29 “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?” 30 Entonces salieron de la ciudad y vinieron a él. 31 Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: “Rabí, come”. 32 Él les dijo: “Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis”. 33 Entonces los discípulos se decían entre sí: “¿Le habrá traído alguien de comer?” 34 Jesús les dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió y que acabe su obra”.

 

Mientras que es posible que los discípulos estuvieran sorprendidos de que él estuviera a solas conversando con una mujer, el contexto general de la historia parece indicar que la respuesta de ellos tenía más que ver con el hecho de que la mujer con la que estaba conversando fuera samaritana. Es interesante que ninguno de los discípulos pudiera ni siquiera imaginar que Jesús quería compartir la comida de la cercana aldea de Samaria (una vez más por razones de requisitos de variable pureza entre samaritanos y judeos). En vez de eso, ellos pensaron si otros discípulos habían ido a llevarle comida (el Evangelio no dice que todos los discípulos fueran a comprar comida al pueblo cercano). Más tarde, Jesús demostraría a sus discípulos que él no tenía ningún problema con la pureza de las leyes que seguían los samaritanos. Más adelante en la historia, vemos que él se alojó con ellos durante dos días (Jn. 4:40). Pero antes de que eso pasara, Jesús tenía mucho que explicar. Dejando su jarra atrás, la mujer corrió hacia el pueblo para hablarle a la gente sobre Jesús, planteándoles una cuestión: “¿Puede ser este a quien Israel ha esperado tanto tiempo?” Hablando como lo había hecho durante el encuentro, Jesús señaló a sus discípulos que lo que él estaba haciendo era pura y simplemente la voluntad de Dios. Cumplir la voluntad de su Padre le daba su divina energía vital; esta energía le permitía continuar con su trabajo. Continuamos leyendo:

 

35 “¿No decís vosotros: ‘Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega’? Yo os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. 36 Y el que siega recibe salario y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra se goce juntamente con el que siega. 37 En esto es verdadero el dicho: ‘Uno es el que siembra y otro es el que siega’. 38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron y vosotros habéis entrado en sus labores”.

 

En estos versículos, Jesús desafía a sus discípulos al considerar que la cosecha ya estaba lista para la recolección. Es casi innegable que los discípulos de Jesús pensaban que la cosecha espiritual pertenecía solo a los israelitas afiliados a Jerusalén. Jesús les desafió a mirar fuera de la caja, a la vecina comunidad herética y profana, en busca de cosecha –un campo de cosecha que no había considerado hasta este encuentro. El significado del comentario de Jesús sobre el encuentro no fue para destacar la importancia de la evangelización en general, sino más bien para llamar la atención sobre campos que no habían sido previamente vistos, o que se había pensado que no eran adecuados para la cosecha30.

 

Él, el Rey de Israel, unirá al Norte y el Sur como parte de su programa de restauración para Israel. Lo leemos en Amós 9:11-15: “En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David: cerraré sus portillos, levantaré sus ruinas y lo edificaré como en el tiempo pasado, para que aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre posean el resto de Edom y todas las naciones, dice el Señor, que hace esto. Ciertamente vienen días, dice el Señor, cuando el que ara alcanzará al segador, y el que pisa las uvas al que lleve la simiente; los montes destilarán mosto y todos los collados se derretirán. Traeré del cautiverio a mi pueblo Israel: ellos edificarán las ciudades asoladas y las habitarán; plantarán viñas y beberán de su vino, y harán huertos y comerán de su fruto. Pues los plantaré sobre su tierra y nunca más serán arrancados de la tierra que yo les di, ha dicho el Señor, tu Dios”. En el libro de los Hechos leemos sobre un movimiento significativo del Espíritu de Dios entre los samaritanos y la sinceridad que las comunidades judeas que seguían a Jesús, sentían hacia esos recién encontrados hermanos y hermanas en la fe (Hechos 8).

 

Mientras Jesús no dudaba en conversar con sus seguidores sobre la idoneidad de enseñar a los samaritanos los caminos del Señor, él oyó voces procedentes del gentío que se acercaban a él desde la distancia. El fiel testimonio del Evangelio lo describe así:

“Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron por la palabra de él, y decían a la mujer: ‘Ya no creemos solamente por lo que has dicho, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo’” (versículos 39-42).

 

Interpretar la Biblia es una tarea difícil. Nosotros traemos nuestro pasado, nuestras nociones preconcebidas, nuestra ya formada teología, nuestros puntos culturales ciegos, nuestra posición social, nuestro género, nuestras posturas políticas, y muchas otras influencias a nuestra interpretación de la Biblia. En resumen, todo lo que somos determina de alguna manera nuestra manera de interpretarlo todo. Esto no implica que el significado del texto dependa de su lector. El significado permanece constante. Pero la lectura de los textos difiere y depende de muchos factores que rodean el proceso interpretativo. En otras palabras, la manera en que un lector o un oyente entiende el texto difiere en gran manera de una persona a otra. Una de las dificultades más grandes en la interpretación de la Biblia ha sido la incapacidad de reconocer y admitir que una particular interpretación puede tener un punto débil. El punto débil viene determinado por preferencias personales y sinceros deseos de probar una teoría particular, sin tener en cuenta el coste. Considero que tener una conciencia sobre nuestros puntos ciegos y estar honestamente dispuestos a admitir problemas con nuestra interpretación, cuando esos problemas existan, es más importante que la brillantez intelectual con la que argumentamos nuestra postura. Una oportunidad de ejercer una aproximación honesta existe cuando los comentaristas reconocen que existe algo en su interpretación que no parece encajar con el texto y ellos no saben muy bien cómo explicarlo. Lo que creo que puede ser legítimamente sugerido como un desafío a nuestra lectura de la historia de la mujer samaritana, son las palabras que el autor del Evangelio pone en los labios de ella cuando habla a sus paisanos sobre su encuentro con Jesús. Ella dice: “Él me dijo todo lo que había hecho”. Podría haber encajado perfectamente con la interpretación tradicional si sus palabras hubieran sido: “Él me dijo todo lo que me había pasado” o mejor incluso “todo lo que me habían hecho”.

Creo, una vez más, que nosotros estamos tan condicionados previamente para pensar en términos cristianos (el tipo de enfoque “todos nosotros somos pecadores, pero especialmente la mujer samaritana”) que somos incapaces de leer esta frase de manera positiva. En otras palabras, todo lo que hice puede ser solo eso –una simple afirmación de que Jesús conocía la vida entera de la mujer (no necesariamente una vida de sexual inmortalidad). En otras palabras, este versículo debería ser entendido de manera diferente –“él lo sabe todo sobre mí”. Ciertamente, ella apenas podía ir con fanfarronadas a la gente del pueblo diciendo: “este extranjero me dijo todos los actos pecaminosos que he cometido en mi vida”. Cuando pensamos en esto, que apenas podría haberlos enviado a encontrarse con él, sino más bien les enviaría corriendo en dirección contraria. Pero me di cuenta de que librarse de las nociones preconcebidas e interpretativas condiciones previas, no es fácil. Fue Krister Stendahl quien dijo “Nuestra visión es a menudo más abstraída por lo que pensamos que sabemos que por nuestra falta de conocimiento”.

43 Dos días después salió de allí y fue a Galilea, 44 pues Jesús mismo dio testimonio de que al profeta no se le honra en su propia tierra. 45 Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron, pues habían visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta, porque también ellos habían ido a la fiesta. 46 Fue, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había en Capernaúm un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo. 47 Cuando oyó aquel que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a él y le rogó que descendiera y sanara a su hijo, que estaba a punto de morir. 48 Entonces Jesús le dijo: “Si no veis señales y prodigios, no creeréis”. 49 El oficial del rey le dijo: “Señor, desciende antes que mi hijo muera”. 50 Jesús le dijo: “Vete, tu hijo vive”. El hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. 51 Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirlo, y le informaron diciendo: “Tu hijo vive”. 52 Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a mejorar. Le dijeron: “Ayer, a la hora séptima, se le pasó la fiebre”. 53 El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: “Tu hijo vive”. Y creyó él con toda su casa. 54 Esta segunda señal hizo Jesús cuando fue de Judea a Galilea. A medida que el reporte de los acontecimientos conectados con la parada de Jesús en la Siquem samaritana termina, vamos a Juan 4:43-45. Aquí vemos que Jesús no vuelve a Judea sino que continúa su viaje a Galilea. Además de la ausencia del incidente con la mujer samaritana de los Sinópticos, hay otro rasgo significativo en el que los Sinópticos y Juan se separan. Juan declara que la razón por la que Jesús no vuelve a Judea, sino que va a Galilea, era porque “Jesús mismo había testificado que un profeta no tenía honor en su propia tierra” (literalmente: “patria” (fatherland) en el sentido de “tierra natal” (motherland) en la lengua inglesa) (4:44). Lo que es llamativo aquí es que Juan llama a Judea como la patria de Jesús y no a Galilea, como se hace en los Sinópticos (Mt 13:54-57, Mc. 6:1-4, Lc. 4:23- 24). Es como si los Sinópticos trataran Galilea, el lugar de educación de Jesús, como su patria. Para Juan, en cualquier caso, Jesús es judeo por su nacimiento en Belén de Judea. Para Juan, Jesús vivió en Galilea por la misión de Dios y no por su identidad galilea. Para Juan él era judeo (pero hablaremos más tarde sobre esto).

Junto a esta lectura alternativa de la identidad de Jesús, Juan dibuja una imagen para sus lectores del rechazo y aceptación de Jesús, que también es algo muy diferente de la imagen en los Sinópticos. Galilea y Samaria eran muy receptivos a Jesús. La gente le dio la bienvenida allí con pocas excepciones; mientras todo lo que él hizo en su patria de Judea parecía encontrarse con una oposición significativa.

Existe una paradoja y una tensión aquí. En Judea (la patria natal de Jesús en el Evangelio de Juan) Jesús se enfrentó a la persecución. Él había nacido allí y la casa de su Padre, el templo del Dios de Israel, estaba en Jerusalén (no en Galilea ni en Samaria), pero era de allí de donde procedía la oposición real a su ministerio. No es que el escepticismo se encontrara solo en Judea; después de todo, algunos discípulos judíos de Galilea dejarían a Jesús después de sus afirmaciones sobre su cuerpo y su sangre (Jn. 6:66). En definitiva, no puede ser negado que Samaria y Galilea eran mucho más receptivas a Jesús de lo que lo fue Judea. Sugiero sin embargo, una vez más, que deberíamos entender Juan 1:11 en su contexto de: “A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron”.

Jesús se marcha de Samaria y llega a Caná. ¿Por qué regresa Jesús a Caná? Este fue el lugar donde su primer milagro fue realizado (Juan 2:1–11). Esto es importante, como leemos en Juan 4:47, puesto que su segundo milagro también tuvo lugar allí (vers. 46). Caná era una especie de enclave judeo en Galilea. Recordemos cuando Jesús convirtió el agua en vino: habían vasijas que se usaban para rituales de purificación de acuerdo con las costumbres de los Ioudaioi (Juan 2:6). En otras palabras, Jesús se fue a continuar con su ministerio en “una casa, lejos del hogar”.


Extraido del libro El Evangelio Judío de Juan: Descubriendo a Jesús, Rey de Todo Israel ,Eli Lizorkin-Eyzenberg. Publicación del autor
Sobre el autor:

El Dr. Eli Lizorkin-Eyzenberg es un académico israelí experto en Historia de la Iglesia Antigua y Moderna. El Dr. Lizorkin-Eyzenberg ha recibido educación judía y cristiana, tanto religiosa como secular. Aparte de su experticia en las lenguas antiguas – el hebreo bíblico, el griego koiné, el siríaco y el antiguo eslavo eclesiástico -, él domina otros tres idiomas modernos: el inglés, el ruso y el hebreo. Una de sus mayores pasiones es construir puentes de confianza, respeto y entendimiento entre los cristianos y los judíos, superando varios siglos de una historia difícil, pero casi siempre unida. El Dr. Eli Lizorkin-Eyzenberg cree firmemente en que tanto las escrituras de la Biblia Hebrea como las escrituras del Nuevo Testamento tienen mucho que enseñar a ambas comunidades. Él vive en Israel con su esposa e hijos.

El Dr. Eli Lizorkin-Eyzenberg tiene un Máster en Divinidad en Teología Cristiana del Seminario Teológico Reformado (2000) y un Máster en Filosofía en Interpretación de la Biblia (2008). Tiene un Doctorado en Culturas Antiguas de la Universidad de Stellenbosch (2011). Otros estudios incluyen estudios de doctorado y postdoctorado en la Universidad de Pensilvania, en la Universidad de Leiden, en el Seminario Teológico de Princeton y en la Universidad Hebrea de Jerusalén.


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