La clave de la Reforma para entender la Biblia: William Tyndale y el Camino hacia las Escrituras - Nexo Cristiano

La clave de la Reforma para entender la Biblia: William Tyndale y el Camino hacia las Escrituras

Clásicos de la Reforma · Teología bíblica

Camino hacia las Escrituras

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¿Cómo se lee la Biblia para no perderse en ella? Esa es la pregunta que William Tyndale quiso responder con este breve tratado, escrito originalmente como prólogo a su traducción del Nuevo Testamento al inglés (Colonia, 1525) y publicado como obra independiente hacia 1530. Tyndale parte del prefacio de Lutero al Nuevo Testamento de 1522 y lo amplía, ofreciendo al lector común una especie de llave para abrir toda la Escritura.

Con un lenguaje directo, el autor recorre los grandes temas bíblicos: la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el evangelio como «buenas nuevas», la ley que nos muestra lo que somos, la caída de Adán, la gracia, la fe, la justicia verdadera y la persona y obra de Cristo, para terminar con la vida del creyente que sigue a su Señor y hace buenas obras como fruto, no como mérito. Su tesis es que quien entiende estas cosas tiene «toda la Escritura abierta y desbloqueada» delante de sí.

Introducción del editor

Hacia el año 1522, William Tyndale se encontró con un “hombre erudito” que sostenía: “Estaríamos mejor sin la ley de Dios que sin la del papa.” Tyndale respondió célebremente: “Yo desafío al papa y todas sus leyes”, y añadió: “si Dios me concede la vida, antes de muchos años haré que un muchacho que maneja el arado sepa más de la Escritura que tú”1.

Para Tyndale, una traducción inglesa de la Biblia no era un mero ejercicio académico. Más bien, que los lectores (incluyendo a los muchachos del campo) conocieran la Escritura significaba mucho más que simplemente poseer una copia de la Biblia o estar familiarizados con las narraciones contenidas en ella. El deseo más profundo de Tyndale era que sus compatriotas tuvieran la Palabra de Dios en su lengua materna, para así obtener un conocimiento salvífico de Cristo por medio del evangelio.

En su exposición de 1 Juan, Tyndale escribió:

“Conducir a la comunión de Dios y de Cristo, y de aquellos que creen en Cristo, es la intención final de toda la Escritura, la razón por la cual fue dada por Dios al hombre, y lo único que todos los verdaderos predicadores buscan; y por lo cual siempre conoceréis y discerniréis la verdadera Palabra de Dios de toda doctrina falsa y fingida de vanas tradiciones, y al verdadero predicador del hipócrita astuto”2.

Tyndale observó que la falsa doctrina y las vanas tradiciones son obstáculos comunes para el uso correcto de la Escritura. Los clérigos romanos “glosan” las Escrituras con interpretaciones erróneas y presuposiciones filosóficas que oscurecen la comprensión de la Palabra. Tyndale advirtió: “Cuando la Palabra de Dios es alterada con glosas3 falsas, ya no es más la Palabra de Dios”4. Por lo tanto, consideraba esencial exponer los “malabarismos” de los clérigos papistas5, para que los lectores pudieran discernir el verdadero significado de las Escrituras.

Como traductor y expositor de la Palabra, Tyndale sostuvo la suficiencia de la Escritura: “Todo lo que debemos creer o hacer, está expresamente escrito, o se deriva de lo que está escrito”6. Así, desechaba las pretensiones de los papistas, que buscaban suplementar la Escritura con decretos eclesiásticos y ceremonias, revelaciones extrabíblicas o ideas derivadas de la imaginación humana. “Dios es, en esencia, Su Palabra; como declara Cristo: «[Yo soy] Lo que desde el principio os he dicho» (Jn. 8:25): es decir, Aquello que predico, eso soy Yo. Mis palabras son espíritu y vida. Dios es solamente aquello que Él testifica de Sí mismo, e imaginar cualquier otra cosa de Dios que no sea eso, es idolatría condenable”7.

Como revelación de Dios, la Escritura es suficientemente clara en sí misma e intérprete de sí misma. Su sentido es manifiesto en todo lo que concierne a la salud del alma del hombre. “Una Escritura ayudará a declarar otra. Y las circunstancias —esto es, los lugares que van antes y después— darán luz al texto intermedio. Y las Escrituras claras y manifiestas siempre corregirán [o refutarán] la falsa y errónea exposición de las frases más oscuras”8.

Hay otro factor esencial respecto a la comprensión de la Escritura: aunque es necesario purgar las glosas humanas de la Palabra y dejar que la Escritura se interprete a sí misma (por el contexto y la analogía de la fe), estos elementos por sí solos no conducirán a la fe salvífica, aparte de la obra soberana del Espíritu Santo, Quien ilumina y regenera a los elegidos de Dios.

La Escritura habla muchas cosas como habla el mundo. Pero no han de ser entendidas mundanamente, sino espiritual y según el Espíritu; sí, sólo el Espíritu de Dios las entiende: y donde Él no está, allí no hay entendimiento de la Escritura, sino disputas infructuosas y riñas sobre palabras…
Leed el segundo capítulo de Pablo a los Corintios: “El hombre natural no percibe las cosas de Dios, sino solo el Espíritu de Dios; y nosotros, dice él, hemos recibido el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Co. 2:12, 14). Porque sin el Espíritu es imposible entenderlas9.

Puesto que las Escrituras son la Palabra de Dios, la Biblia debe entenderse como un todo unificado; y el evangelio de Jesucristo es el tema que unifica ese todo.

La Escritura es aquello con lo que Dios nos atrae hacia Él, y no lo que deba apartarnos de Él. Las Escrituras brotan de Dios, fluyen hacia Cristo, y fueron dadas para conducirnos a Cristo. Por tanto, debes seguir la Escritura como por una línea, hasta llegar a Cristo, que es el fin del camino y el lugar de reposo. Si, por lo tanto, alguien usa la Escritura para apartarte de Cristo, y para embotarte en cualquier cosa fuera de Cristo, ese es un falso profeta10.

Dado este enfoque cristológico de la Biblia, Tyndale habla con frecuencia del oficio de Moisés (o de la ley) como de un ayo que conduce a los pecadores al arrepentimiento y a la fe en Cristo.

Pero así como el que no siente su enfermedad no puede anhelar salud, de igual manera es imposible que alguien crea en la sangre de Cristo, si primero Moisés no lo ha tenido bajo cuidado, y con su ley lo ha despojado de su justicia, lo ha condenado a muerte eterna, y le ha mostrado bajo qué condenación se encuentra por nacimiento en Adán, y cómo todas sus obras (aunque parezcan muy santas) no son sino pecado condenable11.

Dada la condición culpable y muerta del hombre, la justificación se recibe únicamente por la fe. Además, esa fe salvadora no es un acto meritorio del pecador, sino un don de Dios.

La verdadera fe no brota de la fantasía del hombre, ni está en poder de ningún hombre obtenerla; sino que es del todo el don puro de Dios, derramado en nosotros gratuitamente, sin ninguna acción de nuestra parte, sin merecimientos ni méritos, sí, y aun sin haberla buscado de nosotros mismos; y es (como dice Pablo en el segundo capítulo a los Efesios) el mismo don y gracia de Dios, comprada por medio de Cristo…
El Espíritu de Dios acompaña a la fe, y trae consigo luz, con la cual el hombre se contempla a sí mismo en la ley de Dios, y ve su miserable esclavitud y cautiverio, y se humilla y se aborrece a sí mismo; ella [la fe] trae las promesas de Dios de todos los bienes en Cristo. Dios obra con Su Palabra y en Su Palabra; y cuando Su Palabra es predicada, la fe echa raíces en los corazones de los escogidos; y al entrar la fe, y al ser creída la Palabra de Dios, el poder de Dios desata el corazón de la cautividad y esclavitud bajo el pecado, y lo une y lo enlaza a Dios y a la voluntad de Dios; lo altera, lo cambia por completo, lo forma y lo forja de nuevo; le da poder para amar y para hacer lo que antes le era imposible amar o hacer; y lo vuelve a una nueva naturaleza, de modo que ama lo que antes odiaba, y odia lo que antes amaba; y queda enteramente transformado y cambiado, y dispuesto en sentido contrario; y queda unido y ligado firmemente a la voluntad de Dios, y naturalmente produce buenas obras: es decir, aquello que Dios manda hacer, y no cosas de su propia imaginación12.

Los sacramentos refuerzan las verdades principales de la Escritura, sirviendo como señales y sellos de la expiación de Cristo y de la gracia de Dios mostrada a Su pueblo. Así, una correcta comprensión de los sacramentos proporciona una clave para entender la Escritura. Por ejemplo, el bautismo “significa, por una parte, que Cristo ha lavado nuestras almas con Su sangre; y por otra, significa que hemos prometido apagar y dar muerte a las concupiscencias de la carne”13. Los que verdaderamente entienden estos conceptos básicos poseen la llave para abrir toda la Escritura.

El Pathway de Tyndale es una de sus obras más tempranas. Es a la vez un tratado evangélico y un manual de hermenéutica: una declaración de los primeros principios de la fe protestante—un testimonio que el autor selló con su vida. Que esta pequeña obra dirija nuestros caminos a un mayor conocimiento de la Escritura, y así a conocer a Cristo, la Palabra de Dios encarnada.

Prólogo de Tyndale al lector

Me maravillo grandemente, amados en Cristo, de que algún hombre alguna vez se oponga14 o hable en contra de que la Escritura sea tenida en toda lengua, y por todo hombre. Pues pensé que nadie sería tan ciego como para preguntar por qué habría de mostrarse la luz a quienes andan en tinieblas, donde no pueden sino tropezar, y donde tropezar es el peligro de la condenación eterna. [Es] o tan malicioso15 que envidiaría a cualquiera (no digo a su hermano) de una cosa tan necesaria, o tan loco como un demente de Bedlam16, que afirme que el bien es la causa natural del mal, y que de la luz procede la oscuridad, y que la mentira debería fundarse en la verdad y en la veracidad, y no más bien todo lo contrario: que la luz destruye la oscuridad, y la verdad reprende toda clase de mentira.

No obstante, viendo que ha placido a Dios enviar a nuestros ingleses —a todos cuantos sinceramente lo desean— la Escritura en su lengua materna; considerando que hay en todo lugar falsos maestros y guías ciegos, para que no seáis engañados por nadie, he considerado muy necesario preparar este camino hacia la Escritura para vosotros, a fin de que andéis con seguridad y siempre sepáis distinguir lo verdadero de lo falso. Y, sobre todo, para traeros a la memoria ciertos puntos, que son, que entendáis bien qué significan estas palabras: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, la ley, el evangelio, Moisés, Cristo, naturaleza, gracia, obrar y creer, hechos y fe; no sea que atribuyamos al uno lo que pertenece al otro, y hagamos de Cristo, Moisés; del evangelio, la ley; y así despreciemos la gracia y robemos a la fe; y caigamos de un aprendizaje humilde en vanas disputas, riñas y altercados sobre palabras.

Antiguo y Nuevo Testamento

El Antiguo Testamento es un libro en el cual están escritas las leyes de Dios y las obras de aquellos que las cumplen, y también de aquellos que no las cumplen. El Nuevo Testamento es un libro en el cual están contenidas las promesas de Dios y las obras de aquellos que las creen, o no las creen.

El evangelio

Evangelion (lo que llamamos el evangelio) es una palabra griega y significa nuevas buenas, alegres, gozosas y jubilosas, que alegran el corazón del hombre y lo hacen cantar, danzar y saltar de gozo. Como cuando David mató a Goliat el gigante, llegaron alegres nuevas a los judíos de que su temible y cruel enemigo había sido muerto, y ellos librados de todo peligro. Por esa alegría cantaron, danzaron y se regocijaron. De la misma manera, el evangelion de Dios (lo que llamamos evangelio y Nuevo Testamento) son alegres nuevas, y, como algunos dicen, un buen anuncio publicado por los apóstoles por todo el mundo: que Cristo, el verdadero17 David, ha peleado contra el pecado, contra la muerte y contra el diablo, y los ha vencido. Por lo cual todos los hombres que estaban en esclavitud al pecado, heridos por la muerte y vencidos por el diablo, son —sin méritos ni merecimientos propios— liberados, justificados, restaurados a la vida y salvos; llevados a la libertad y reconciliados al favor de Dios, y puestos nuevamente en paz con Él. Todos cuantos creen estas nuevas alaban, bendicen y agradecen a Dios; se alegran, cantan y danzan de gozo.

Este evangelion o evangelio (es decir, tales alegres nuevas) se llama el Nuevo Testamento, porque, así como un hombre, cuando va a morir, dispone que sus bienes sean repartidos y distribuidos después de su muerte entre aquellos a quienes nombra como herederos, de igual modo Cristo, antes de Su muerte, mandó y dispuso que tal evangelion, evangelio o nuevas, fueran declaradas por todo el mundo, y que con ellas se entregaran a todos los que se arrepientan y crean todas Sus bendiciones. Es decir: Su vida, con la cual engulló y devoró la muerte; Su justicia, con la cual desterró el pecado; Su salvación, con la cual venció la condenación eterna. ¿Puede acaso el hombre miserable (que sabe de sí mismo que está envuelto en pecado y en peligro de muerte y de infierno) oír cosa más gozosa que tales alegres y confortables nuevas de Cristo? De modo que no puede sino alegrarse y reír desde lo más profundo de su corazón, si cree que tales nuevas son verdad.

Para fortalecer aún más esa fe, Dios prometió este Su evangelion en el Antiguo Testamento por medio de los profetas, como dice Pablo (en el primer capítulo a los Romanos), que fue escogido para predicar el evangelion de Dios, el cual Él antes había prometido por los profetas en las santas Escrituras que tratan de Su Hijo, nacido del linaje de David. En Génesis 3:15, Dios dice a la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu simiente y su simiente: esa misma simiente herirá tu cabeza». Cristo es la simiente de la mujer. Él es quien ha hollado bajo Sus pies la cabeza del diablo: es decir, el pecado, la muerte, el infierno y todo su poder. Pues sin esta simiente ningún hombre puede evitar el pecado, la muerte, el infierno y la condenación eterna.

De nuevo, en Génesis 22:18, Dios prometió a Abraham, diciendo: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». Cristo es esa simiente de Abraham, dice san Pablo en Gálatas 3:16. Él ha bendecido a todo el mundo por medio del evangelio. Porque donde Cristo no está, allí permanece la maldición que cayó sobre Adán tan pronto como pecó, de modo que están en esclavitud bajo condenación de pecado, muerte e infierno. Contra esta maldición ahora bendice el evangelio a todo el mundo, en cuanto clama abiertamente a todos los que reconocen sus pecados y se arrepienten, diciendo: Cualquiera que cree en la simiente de Abraham será bendito: esto es, será librado del pecado, de la muerte y del infierno, y desde entonces permanecerá justo y salvo para siempre, como el mismo Cristo dice en Juan 11:26: «El que vive y cree en mí, no morirá eternamente».

La ley

“La ley” —dice Juan— «fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn. 1:17). La ley (cuyo ministro es Moisés) fue dada para traernos al conocimiento de nosotros mismos, a fin de que por medio de ella sintamos y percibamos lo que somos por naturaleza. La ley nos condena a nosotros y a todas nuestras obras, y Pablo la llama en 2 Corintios 3:7 «el ministerio de muerte». Porque mata nuestras conciencias y nos conduce a la desesperación, en la medida en que requiere de nosotros aquello que es imposible hacer para nuestra naturaleza. Nos exige las obras de un hombre completo. Requiere amor perfecto desde lo más profundo y hondo del corazón, tanto en las cosas que sufrimos como en las que hacemos. Pero, dice Juan en el mismo lugar, «la gracia y la verdad vinieron por medio de Cristo» (Jn. 1:17). De modo que, cuando la ley ha pasado sobre nosotros y nos ha condenado a muerte (lo cual es propio de su naturaleza), entonces en Cristo tenemos gracia: esto es, favor, promesas de vida, de misericordia y de perdón, gratuitamente, por los méritos de Cristo. Y en Cristo tenemos la verdad, en cuanto Dios, por causa de Él, cumple todas Sus promesas a los que creen. Por lo tanto, el evangelio es el ministerio de vida. Pablo lo llama en el pasaje ya referido18 de 2 Corintios 3 «el ministerio del Espíritu… [y] ministerio de justificación» (vv. 8–9). En el evangelio, cuando creemos en las promesas, recibimos el Espíritu de vida y somos justificados en la sangre de Cristo de todas aquellas cosas de las cuales la ley nos condena. Y recibimos amor hacia la ley, y poder para cumplirla y crecer en ella cada día. De Cristo está escrito, en el primer capítulo de Juan ya referido: «De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia» (Jn. 1:16). Es decir, por el favor que Dios tiene hacia Su Hijo Cristo, Él nos concede también a nosotros Su favor, Su beneplácito y todos los dones de Su gracia, como un padre a sus hijos. Así lo afirma Pablo cuando dice: «[Él] nos hizo aceptos en el Amado» (Ef. 1:6), «según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo» (Ef. 1:4). De manera que Cristo, y no nuestras propias obras santas, nos atrae el amor de Dios. Cristo ha sido hecho Señor sobre todas las cosas y en la Escritura es llamado el propiciatorio19de Dios. Por tanto, cualquiera que huye a Cristo no puede oír ni recibir de Dios otra cosa sino salvo salvo20 misericordia

En el Antiguo Testamento hay muchas promesas, que no son otra cosa sino este evangelion, dadas para salvar de la venganza de la ley a aquellos que las creyeron. Y en el Nuevo Testamento se menciona a menudo la ley para condenar a los que no creen en las promesas. Además, la ley y el evangelio jamás pueden ser separados: pues el evangelio y las promesas son para las conciencias atribuladas que han sido llevadas a la desesperación, que sienten los dolores del infierno y de la muerte bajo la ley, y que están en cautiverio y esclavitud bajo ella. En todas mis obras debo tener la ley delante de mí para condenar mi imperfección. Porque todo lo que hago (aunque fuese lo más perfecto) sigue siendo pecado condenable, cuando se compara con la ley, la cual requiere lo profundo y lo íntimo de mi corazón. Por tanto, debo tener siempre la ley ante mis ojos, para ser humilde en el espíritu y dar a Dios toda la alabanza y gloria, atribuyéndole a Él toda justicia, y a mí mismo toda injusticia y pecado. Asimismo, debo tener siempre ante mis ojos las promesas, para no desesperar; en las cuales contemplo la misericordia, el favor y la benevolencia de Dios hacia mí en la sangre de Su Hijo Cristo, quien hizo satisfacción por mi imperfección y cumplió en mi lugar aquello que yo no podía hacer.

Aquí podemos ver que dos clases de personas están gravemente engañadas. Primero, aquellos que se justifican a sí mismos con obras externas, porque se abstienen exteriormente de lo que la ley prohíbe y hacen exteriormente lo que la ley manda. Se comparan con pecadores públicos y, en relación con ellos, se justifican a sí mismos, condenando a los pecadores manifiestos. Ponen un velo sobre el rostro de Moisés y no ven que la ley requiere amor desde lo más hondo del corazón, y que solo el amor es el cumplimiento de la ley. Si lo vieran, no condenarían a su prójimo. «El amor cubrirá multitud de pecados» —dice el apóstol Pedro en su primera carta (1 P. 4:8)—. Porque a aquel a quien amo desde lo más profundo y sincero de mi corazón, no lo condeno ni le tomo en cuenta sus pecados, sino que soporto su debilidad y fragilidad, como la madre soporta la debilidad de su hijo hasta que llegue a ser un hombre perfecto.

También están engañados aquellos que, sin temor alguno de Dios, se entregan a todo género de vicios con pleno consentimiento y con total deleite21, sin tener respeto a la ley de Dios (bajo cuya venganza están encerrados en cautiverio), y dicen: “Dios es misericordioso” y “Cristo murió por nosotros”, suponiendo que tal sueño e imaginación es aquella fe tan grandemente encomiada en la santa Escritura. No; eso no es fe, sino más bien una necia y ciega opinión que brota de su propia naturaleza corrupta, y que no les es dada por el Espíritu de Dios, sino más bien por el espíritu del diablo. Esa es la fe que hoy en día los papistas22 comparan y ponen al mismo nivel con la mejor confianza, seguridad y creencia que un alma arrepentida puede tener en la sangre de nuestro Salvador Jesucristo, para confusión, vergüenza y desenmascaramiento de lo que realmente son en su interior. Pero la verdadera fe es (como dice el apóstol Pablo) «don de Dios» (Ef. 2:9), y es dada a los pecadores después que la ley ha pasado sobre ellos y ha traído sus conciencias hasta el borde mismo de la desesperación y de los tormentos del infierno.

Los que tienen esta verdadera fe consienten en que la ley es justa y buena, y justifican a Dios que la hizo; tienen deleite23 en la ley (aunque no puedan cumplirla como quisieran, por su debilidad); aborrecen todo lo que la ley prohíbe, aunque no siempre puedan evitarlo. Y su gran tristeza consiste en que no pueden cumplir la voluntad de Dios en la ley. Y el Espíritu que está en ellos clama a Dios día y noche, con lágrimas (como dice Pablo) «gemidos indecibles» (Ro. 8:26). De estas cosas no tienen experiencia ni los papistas ni su padre —a quien ellos tanto magnifican por su fuerte fe—.

El primero, es decir, aquel que se justifica con sus obras externas, no consiente en la ley interiormente, ni tiene deleite en ella; antes bien, quisiera que tal ley no existiera. De modo que no justifica a Dios, sino que lo odia como a un tirano; tampoco le importan las promesas, sino que pretende con su propia fuerza ser su propio salvador. En ninguna manera glorifica a Dios, aunque en lo exterior así lo parezca.

El segundo, es decir, el sensual, como un puerco voluptuoso24, ni teme a Dios en Su ley, ni es agradecido con Él por Sus promesas y misericordia, que han sido puestas de manifiesto en Cristo para todos los que creen.

El verdadero cristiano, en cambio, consiente en que la ley es justa y justifica a Dios en la ley, pues afirma que Dios es justo y recto, siendo Él el autor de la ley. Cree las promesas de Dios y justifica a Dios, juzgándole veraz y creyendo que cumplirá Sus promesas. Con la ley se condena a sí mismo y a todas sus obras, y da toda la alabanza a Dios. Cree las promesas y atribuye toda verdad a Dios. Así, en todo lugar, justifica a Dios y Le alaba.

Nuestro estado por naturaleza

Por naturaleza, a causa de la caída de Adán, somos hijos de ira, herederos de la venganza de Dios desde el nacimiento, sí, aun desde la concepción. Y tenemos comunión con los demonios condenados, bajo el poder de las tinieblas y el dominio de Satanás, aun estando en el vientre de nuestra madre. Y aunque no manifestemos inmediatamente los frutos del pecado apenas nacemos, ya estamos llenos de ese veneno natural del cual brotan todas las obras pecaminosas, y no podemos sino pecar exteriormente (por jóvenes que seamos), tan pronto como podamos obrar, si se nos da ocasión. Porque nuestra naturaleza es pecar, como es naturaleza de la serpiente el morder. Así como la serpiente, aun siendo pequeña o no nacida, ya está llena de veneno, y no puede sino producir sus efectos cuando llega el tiempo y se da la ocasión; y como la víbora, el sapo o la culebra son aborrecidos del hombre, no tanto por el mal que han hecho, sino por el veneno que llevan en sí, y por el daño que necesariamente han de hacer —así también somos aborrecidos de Dios por ese veneno natural que es concebido y nacido con nosotros, antes de que hagamos algún mal exterior—. Y así como el mal que hace una serpiente ponzoñosa no es lo que la hace serpiente, sino que hace mal y envenena porque es serpiente; y así como el fruto no hace malo al árbol, sino que, por ser malo el árbol, necesariamente produce mal fruto cuando llega la temporada— así tampoco nuestras malas obras son lo que primero nos hace malos (aunque la ignorancia y la ceguera, por medio del obrar pecaminoso, nos endurecen en el mal y nos hacen peores y peores); sino que, porque por naturaleza somos malos, por eso pensamos y hacemos lo malo, y estamos bajo la venganza, convictos por la ley para condenación eterna, y somos contrarios a la voluntad de Dios en toda nuestra voluntad, consintiendo en todas las cosas con la voluntad del maligno25.

La gracia

Por la gracia de Dios (es decir, por Su favor) somos arrancados de Adán, raíz de todo mal, e injertados en Cristo, raíz de todo bien. En Cristo Dios nos amó —a Sus escogidos y elegidos— antes que el mundo comenzara, y nos reservó para el conocimiento de Su Hijo y de Su santo evangelio. Y cuando el evangelio nos es predicado, Él abre nuestro corazón, nos da gracia para creer, y pone en nosotros el Espíritu de Cristo. Entonces le conocemos como a nuestro Padre misericordioso, consentimos en la ley, la amamos interiormente en el corazón, deseamos cumplirla y nos dolemos de no poder hacerlo. Ese mismo querer (por mucho que pequemos por debilidad) es suficiente hasta que se nos dé más fuerza. La sangre de Cristo ha satisfecho lo demás; la sangre de Cristo ha obtenido para nosotros todas las cosas de parte de Dios. Cristo es nuestra satisfacción, nuestro Redentor, nuestro Libertador, nuestro Salvador de la venganza y de la ira. Observa y nota en las epístolas de Pablo, de Pedro, de Juan y en los evangelios, lo que Cristo es para nosotros.

La fe

Por la fe somos salvos únicamente creyendo las promesas. Y aunque la fe nunca está sin amor y buenas obras, sin embargo, nuestra salvación no se nos imputa ni al amor ni a las buenas obras, sino solamente a la fe. Porque el amor y las obras están bajo la ley, la cual exige perfección y el fundamento y manantial del corazón26, y condena toda imperfección. Ahora bien, la fe está bajo las promesas, las cuales no condenan, sino que otorgan perdón, gracia, misericordia, favor y todo cuanto es contenido en las promesas.

La justicia

La justicia es diversa, pues la razón ciega imagina muchas formas de justicia.

Está la justicia de las obras (como dije antes), cuando el corazón está ausente y no reconoce que la ley es espiritual y solo puede cumplirse desde lo más íntimo del ser. Es como la mera administración de toda clase de leyes y su observancia por un fin mundano o por interés propio, y no por amor al prójimo ni por otro motivo recto. Estas virtudes morales en las cuales los filósofos ponían su felicidad y bienaventuranza no son nada delante de Dios en cuanto a la vida venidera.

De igual manera, está la justificación por las ceremonias, que unos se imaginan27, otros imitan28, diciendo en su razón ciega: “Tales santos hicieron esto y aquello, y eran hombres santos; por lo tanto, si yo hago lo mismo, agradaré a Dios”. Pero no tienen respuesta de parte de Dios de que ello le agrade. Los judíos buscaban justicia en sus ceremonias, las cuales Dios les dio no para justificarlos, sino para describirles y esbozarles a Cristo. Pablo da testimonio de los judíos, diciendo que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia, porque procuran establecer su propia justicia y no son obedientes a la justicia que proviene de Dios: esto es, el perdón de los pecados en la sangre de Cristo, para todos los que se arrepienten y creen. La causa de esto es que, a menos que un hombre deseche su propia imaginación y razón, no puede percibir a Dios ni entender la virtud y el poder de la sangre de Cristo.

Hay también una justicia plena, cuando la ley es cumplida desde lo profundo del corazón. Esto no lo tuvieron ni Pedro ni Pablo en esta vida perfectamente, hasta el extremo de no poder ser más perfectos, sino que suspiraban por ello. Eran bienaventurados en Cristo en la medida en que tenían hambre y sed de esa justicia. Pablo tuvo esta sed: consentía en la ley de Dios, que así debía ser, pero hallaba otra ley en sus miembros contraria a la ley y deseo de su mente, que lo estorbaba29, y por ello exclamaba diciendo: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Ro. 7:24–25).

La justicia que vale delante de Dios es creer en las promesas de Dios, después de que la ley ha humillado la conciencia. Como cuando la ley temporal30 condena muchas veces al ladrón o al homicida y lo lleva a la ejecución, de modo que no ve delante de sí sino la muerte inmediata; y entonces llegan buenas nuevas: la liberación por medio de una carta de perdón del rey. Asimismo, cuando la ley de Dios ha llevado al pecador al conocimiento de sí mismo, ha turbado su conciencia y le ha abierto la ira y la venganza de Dios, entonces vienen las buenas nuevas. El evangelio le muestra las promesas de Dios en Cristo, y cómo Cristo ha comprado el perdón para él, ha satisfecho la ley en su lugar y ha aplacado la ira de Dios. Y el pobre pecador cree, alaba y da gracias a Dios por medio de Cristo, y estalla en un gozo interior y alegría desbordante por haber escapado de tan grande ira, de tan pesada venganza, de una muerte tan temible y eterna. Y desde entonces tiene hambre y sed de más justicia, para cumplir la ley, y se duele continuamente, encomendando su debilidad a Dios en la sangre de nuestro Salvador Jesucristo.

Aquí tienes expuesto de manera compendiada31 y clara el orden y la práctica de todo lo dicho anteriormente.

La caída de Adán

La caída de Adán nos ha hecho herederos de la venganza y de la ira de Dios, herederos de la condenación eterna, y nos ha traído a la cautividad y esclavitud bajo el diablo. Y el diablo es nuestro señor y nuestro gobernador, nuestra cabeza, príncipe y aun nuestro dios. Y nuestra voluntad está atada y ligada a la voluntad del diablo más fuertemente de lo que cien mil cadenas podrían atar a un hombre a un poste. A la voluntad del diablo consentimos con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra fuerza, poder, voluntad y deseos: de tal manera que la ley y voluntad del diablo están escritas tanto en nuestros corazones como en nuestros miembros, y corremos tras él con todo el celo y la violencia de nuestro ser, como la piedra lanzada al aire que naturalmente cae con todo el ímpetu de su peso. ¿Con qué veneno mortal y con qué odio enconado odia el hombre a sus enemigos? ¿Con cuánta malicia interior asesina y mata? ¿Con qué violencia y furor, sí, y con qué ardiente concupiscencia comete adulterio, fornicación y semejante inmundicia? ¿Con qué placer y deleite interior sirve el glotón a su vientre? ¿Con qué diligencia engañamos? ¿Con cuánta solicitud buscamos las cosas de este mundo? Todo lo que hacemos, pensamos o imaginamos es abominable ante los ojos de Dios. Porque no podemos referir nada al honor de Dios; ni Su ley ni Su voluntad están escritas en nuestros miembros ni en nuestros corazones. Ni hay más poder en nosotros para seguir la voluntad de Dios que en una piedra para elevarse por sí misma hacia lo alto. Además de esto, estamos como dormidos en tan profunda ceguera que no podemos ni ver ni sentir la miseria, esclavitud y desdicha en la que estamos, hasta que venga Moisés, despierte y publique la ley. Cuando oímos la ley verdaderamente predicada —cómo debemos amar y honrar a Dios con toda nuestra fuerza y poder, desde lo profundo del corazón, porque Él nos ha creado, y ha hecho cielo y tierra para nosotros, y nos ha dado señorío sobre ellos; y a nuestro prójimo (sí, aun a nuestro enemigo) como a nosotros mismos, desde el fondo del corazón, porque Dios los hizo a Su imagen y son Sus hijos como nosotros, y Cristo los compró con Su sangre y los hizo herederos de la vida eterna como a nosotros; y cómo debemos hacer todo lo que Dios manda y abstenernos de todo lo que prohíbe, con amor y mansedumbre, con ardiente deseo32 desde lo más íntimo del corazón— entonces la conciencia comienza a rebelarse contra la ley y contra Dios. Ningún mar, aunque en la mayor tempestad, está tan agitado. Porque no le es posible al hombre natural consentir que la ley sea buena, o que Dios sea justo por haberla dado. Le es contraria a su naturaleza: lo condena a él y a todo lo que hace, y no le muestra dónde hallar ayuda ni le predica misericordia alguna, sino que solo pone al hombre en enemistad con Dios (como testifica Pablo en Romanos 6), y lo provoca e incita a murmurar contra Dios y blasfemarlo como a un cruel tirano. Porque al hombre no le es posible —hasta que nazca de nuevo— pensar que Dios es justo al haberlo hecho de naturaleza tan envenenada, ya sea por Su beneplácito o por el pecado de otro hombre33, y darle una ley imposible de cumplir o aceptar, estando su entendimiento, razón y voluntad tan fuertemente pegados, clavados y encadenados a la voluntad del diablo. Y ninguna criatura puede desatar estas cadenas, salvo la sangre de Cristo únicamente.

La persona y obra de Cristo

Esta es la cautividad y esclavitud de la cual Cristo nos libró, redimió y soltó. Su sangre, Su muerte, Su paciencia al sufrir afrentas e injurias, Sus oraciones y ayunos, Su mansedumbre y el cumplimiento hasta el último punto de la ley aplacaron la ira de Dios, nos trajeron nuevamente el favor de Dios, obtuvieron que Dios nos amara primero y fuera nuestro Padre; y no solo Padre, sino Padre misericordioso, que considerará nuestras flaquezas y debilidades, y nos dará otra vez Su Espíritu (que fue quitado en la caída de Adán) para regirnos, gobernarnos y fortalecernos, y para romper las cadenas de Satanás en las cuales estábamos tan estrechamente34 atados. Cuando Cristo es predicado de esta manera, y se repasan las promesas contenidas en los profetas, en los Salmos y en diversos lugares de los cinco libros de Moisés —predicación que es llamada el evangelio o buenas nuevas—, entonces los corazones de los que son escogidos y predestinados comienzan a enternecerse y a derretirse ante la inmensa misericordia de Dios y la benignidad mostrada en Cristo. Porque cuando se predica el evangelio, el Espíritu de Dios entra en aquellos que han sido ordenados para vida eterna, les abre los ojos del entendimiento y obra en ellos la fe. Cuando las conciencias afligidas sienten y prueban cuán dulce cosa es la amarga muerte de Cristo, y cuán misericordioso y amoroso es Dios por causa de la compra y méritos de Cristo, comienzan a amar de nuevo, y a consentir en la ley de Dios, reconociendo que es buena y que así debe ser, y que Dios es justo por haberla dado. Y desean cumplir la ley (como el enfermo desea estar sano), y tienen hambre y sed de más justicia, y de más fortaleza para cumplir la ley más perfectamente. Y en todo lo que hacen, u omiten y dejan de hacer, buscan con mansedumbre el honor de Dios y Su voluntad, condenando siempre la imperfección de sus obras a la luz de la ley.

Cristo, pues, nos es doblemente útil y nos sirve de dos maneras. Primero, Él es nuestro Redentor, Libertador, Reconciliador, Mediador, Intercesor, Abogado o Representante, Procurador, nuestra esperanza, nuestro consuelo, escudo, protección, defensor, fortaleza, salud, satisfacción y salvación. Su sangre, Su muerte, todo lo que Él hizo es nuestro. Y Cristo mismo, con todo lo que es y puede hacer, es nuestro. Su derramamiento de sangre y todo lo que hizo me aprovecha tanto como si yo mismo lo hubiera hecho. Y Dios —tan grande como es— es mío, con todo lo que tiene, como el esposo es de la esposa, por medio de Cristo y Su redención.

Siguiendo a Cristo

En segundo lugar, después de haber sido vencidos por Su amor y benignidad, y de que ahora buscamos hacer la voluntad de Dios (lo cual es la naturaleza de un cristiano), tenemos a Cristo como ejemplo que debemos imitar35. Como dice el mismo Cristo en Juan: «Ejemplo os he dado» (Jn. 13:15). Y otro evangelista dice: «El que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro siervo y ministro; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir» (Mt. 20:26–28). Y Pablo dice: «Sed imitadores de Cristo». Y Pedro dice: «Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis Sus pisadas» (1 P. 2:21). Todo lo que la fe recibe de Dios mediante la sangre y merecimientos de Cristo, eso mismo debe el amor derramar y repartir enteramente sobre el prójimo para su provecho, aun si fuere enemigo nuestro. Por la fe recibimos de Dios, y por el amor damos nuevamente. Y esto debemos hacerlo libremente, según el ejemplo de Cristo, sin otro motivo sino el bien36 del prójimo; y no esperando recompensa ni en la tierra ni en el cielo por los méritos de nuestras obras (como predican los frailes), aunque sabemos que las buenas obras son recompensadas, tanto en esta vida como en la venidera. Pero por puro amor debemos entregarnos a nosotros mismos, todo lo que tenemos y todo lo que somos capaces de hacer, aun por nuestros enemigos, para traerlos a Dios, considerando únicamente su bien, así como Cristo hizo con el nuestro. Cristo no hizo Sus obras para obtener el cielo (¡eso habría sido una locura!). El cielo era ya Suyo; Él era heredero de él, le pertenecía por herencia; sino que las hizo libremente por amor a nosotros, considerando nada más que nuestro bien, para traernos de nuevo el favor de Dios y a nosotros a Dios. Así como ningún hijo natural, que es heredero de su padre, hace la voluntad de su padre porque quiera ser heredero. Ya lo es por nacimiento. Su padre se lo concedió previamente37de que naciera, y desea más que él lo tenga que lo que el mismo hijo puede desear. Pero por puro amor hace lo que hace. Y si se le pregunta por qué hace lo que hace, responde: “Mi padre lo ordenó; es la voluntad de mi padre; esto agrada a mi padre”. Los siervos trabajan por salario, los hijos por amor; porque el padre, con todo lo que tiene, ya es suyo. Así también el cristiano hace libremente todo lo que hace, considerando únicamente la voluntad de Dios y el bien de su prójimo. Si vivo castamente, no lo hago para obtener el cielo con ello, porque entonces haría agravio a la sangre de Cristo. La sangre de Cristo ya me lo ha obtenido. Los méritos de Cristo me han hecho heredero de él. Él es la puerta y el camino hacia allá. Tampoco lo hago esperando un lugar más alto en el cielo que el que tendrán los que viven en matrimonio, o que el de una ramera de burdel (si se arrepiente); pues eso sería el orgullo de Lucifer. Más bien, [lo hago] libremente para estar disponible al evangelion, y evitar los problemas del mundo y las ocasiones que pudieran apartarme de él, y para servir a mi hermano; así como una mano ayuda a la otra, o un miembro al otro, porque uno siente el dolor del otro, y la pena de uno es la pena del otro. Todo lo que se hace al más pequeño de nosotros (sea bueno o malo), a Cristo se le hace. Y lo que se hace a mi hermano (si soy cristiano), eso mismo se me hace a mí. El dolor de mi hermano no me duele menos que el mío propio; ni me alegro menos de su bien que del mío, si le amo tanto y tan bien como a mí mismo, como la ley me manda. Si no fuera así, ¿cómo dice Pablo: «El que se gloría, gloríese en el Señor» (2 Co. 10:17)? Es decir, en Cristo, que es Señor sobre todas las criaturas. Porque si mis méritos me obtuvieran el cielo, o un lugar más alto allí, entonces tendría en qué gloriarme aparte del Señor.

La ley y el evangelio

Aquí puedes ver la naturaleza de la ley y la naturaleza del evangelion: cómo la ley es la llave que ata y condena a todos los hombres, y el evangelion es la llave que los desata de nuevo. La ley va delante, y el evangelion le sigue. Cuando un predicador predica la ley, ata todas las conciencias; y cuando predica el evangelio, las desata. Dios y Su predicador usan estos dos ungüentos (quiero decir, la ley y el evangelio) para sanar y curar a los pecadores. La ley expulsa la enfermedad y la hace visible; es un ungüento áspero, un cáustico que corroe38, que mata la carne muerta, y arranca las llagas de raíz con toda su corrupción. Quita al hombre la confianza que tiene en sí mismo y en sus obras, méritos, merecimientos y ceremonias; lo despoja de toda su justicia propia y lo hace pobre. Lo mata, lo hunde en el infierno, lo lleva a la desesperación total y prepara el camino del Señor, como está escrito de Juan el Bautista. Porque no es posible que Cristo venga a un hombre mientras éste confíe en sí mismo, o en cosa alguna del mundo, o tenga alguna justicia propia, o riquezas de obras santas. Entonces viene el evangelion, un pastor más tierno, que suaviza y alivia39 las heridas de la conciencia y trae salud. Trae el Espíritu de Dios, que rompe las cadenas de Satanás y nos une a Dios y a Su voluntad por medio de una fe fuerte y de un amor ferviente, con lazos demasiado firmes para que el diablo, el mundo o criatura alguna pueda desatarlos. Y el pobre y desdichado pecador siente tanta misericordia, amor y bondad en Dios, que tiene plena certeza de que no es posible que Dios lo abandone ni le retire Su misericordia y amor. Y con valentía exclama con Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Ro. 8:35ss). Es decir: ¿Qué podrá hacerme creer que Dios no me ama? ¿La tribulación, la angustia, la persecución? ¿El hambre, la desnudez? ¿La espada? ¡No! «Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». En todas esas tribulaciones, el cristiano percibe que Dios es su Padre y que lo ama, así como amó a Cristo cuando derramó Su sangre en la cruz.

Finalmente, así como antes, cuando estaba sujeto al diablo y a su voluntad, hacía toda clase de mal y perversidad, no por causa del infierno —que es el salario del pecado—, sino que hacía el mal porque, por nacimiento, era heredero del infierno y esclavo del diablo. Pues no podía obrar de otra manera; pecar era mi naturaleza. De la misma manera ahora, desde que estoy unido a Dios por la sangre de Cristo, obro el bien, no por causa del cielo —que también es la recompensa del bien hacer—, sino porque soy heredero del cielo por la gracia y la redención de Cristo. Y teniendo el Espíritu de Dios, hago el bien libremente, porque esa es ahora mi naturaleza, como el buen árbol da buen fruto, y el árbol malo da mal fruto. «Por sus frutos los conoceréis». Las obras de un hombre declaran lo que es en su interior, pero no lo hacen ni bueno ni malo; aunque, después de haber sido creados de nuevo por el Espíritu y la doctrina de Cristo, crecemos siempre en perfección al obrar conforme a esa doctrina, y no con obras ciegas de nuestra propia invención. Debemos ser primero malos antes de obrar lo malo, como la serpiente es primero venenosa antes de envenenar. Debemos ser también buenos antes de obrar lo bueno, como el fuego debe ser primero caliente antes de calentar otra cosa. Advierta un ejemplo: así como aquellos ciegos y sordos que fueron sanados en el evangelio no podían ver ni oír hasta que Cristo les dio vista y oído, y aquellos enfermos no podían hacer las obras de un hombre sano hasta que Cristo les dio salud, así también nadie puede obrar bien en su alma hasta que Cristo lo haya librado de las cadenas de Satanás, y le haya dado con qué obrar el mismo40 el bien, y antes aún haya derramado en él aquel mismo bien que después comunica a otros. Todo lo que es nuestro, es pecado. Todo lo que está por encima de eso es don, compra, obra y operación de Cristo. Él lo compró a Su Padre costosamente41, con Su sangre, sí, con Su muerte más amarga, y dio Su vida por ello. Todo lo bueno que hay en nosotros nos es dado gratuitamente, sin nuestro merecimiento ni méritos, por causa de la sangre de Cristo. Que deseemos seguir la voluntad de Dios, es don de la sangre de Cristo. Que ahora odiemos la voluntad del diablo (a la cual antes estábamos tan fuertemente sujetos y no podíamos sino amarla) es igualmente don de la sangre de Cristo, a Quien pertenece la alabanza y la gloria de nuestras buenas obras, y no a nosotros.

Nuestras buenas obras

Nuestras obras nos sirven de tres maneras. Primero, nos certifican42 que somos herederos de la vida eterna, y que el Espíritu de Dios —que es las arras de ella— está en nosotros; en que nuestros corazones consienten con la ley de Dios, y tenemos poder en nuestros miembros para cumplirla, aunque imperfectamente. En segundo lugar, con ellas domamos la carne y matamos el pecado que aún permanece en nosotros, y vamos creciendo cada día más y más en el Espíritu; y evitamos que las concupiscencias ahoguen la Palabra de Dios sembrada en nosotros, o apaguen los dones y la obra del Espíritu, y así no perdamos nuevamente al Espíritu. Y en tercer lugar, con ellas cumplimos nuestro deber para con el prójimo, socorremos su necesidad, y también hallamos en ello nuestro propio consuelo, atrayendo a todos los hombres al honor y la alabanza de Dios.

Y cualquiera que sobresale en los dones de la gracia, piense que le son dados tanto para servir a su hermano como para sí mismo, y tanto por el amor que Dios tiene al débil, como por el amor que tiene a aquel a quien Dios concede tales dones. Y el que retiene algo que posee, privando a su prójimo en su necesidad, roba a su prójimo y es un ladrón. Y el que se ensoberbece por los dones de Dios y, por causa de ellos, se estima mejor que su hermano débil, y no más bien (como es la verdad) se reconoce a sí mismo como siervo de su pobre hermano a causa de esos dones: tal persona tiene en sí el espíritu de Lucifer, y no el de Cristo.

Cosas que debemos saber: Primero, la ley: que es derecho natural y equidad; que tenemos un solo Dios en quien depositar nuestra esperanza y confianza, y a quien amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas y poder; y que no debemos mover ni el corazón ni la mano sino conforme a Su mandamiento, porque Él nos creó de la nada43 y formó el cielo y la tierra para nuestro bien. Y después, cuando nos arruinamos a nosotros mismos por el pecado, Él nos perdonó y nos volvió a crear en la sangre de Su Hijo amado.

Y que tengamos el nombre de nuestro único Dios en temor y reverencia, y que no lo deshonremos jurando en vano o por cosas livianas, ni lo invoquemos para confirmar iniquidad o falsedad, ni para cosa alguna que sea en deshonra de Dios, o en perjuicio de nuestro prójimo, lo cual es quebrantar Su ley.

Y por cuanto Él es nuestro Señor y Dios, y nosotros somos de Su doble posesión, por creación y por redención, y por tanto debemos (como dije) no mover corazón ni mano sin Su mandamiento, es justo que tengamos Días santos44 necesarios para congregarnos y aprender Su voluntad: tanto la ley por la cual quiere que seamos gobernados, como las promesas de misericordia en las cuales quiere que confiemos; y para dar gracias juntos a Dios por Su misericordia; y para encomendarle nuestras flaquezas por medio de nuestro Salvador Jesús; y para reconciliarnos con Él, y los unos con los otros, si hay algo entre hermano y hermano que requiera reconciliación. Y para este propósito y otros semejantes —como visitar a los enfermos y necesitados, y procurar la paz y la unidad— fueron ordenados los días santos; y en este sentido deben ser guardados santos, absteniéndose de toda obra que pueda razonablemente ser dejada por el tiempo, hasta que aquello se cumpla; pero no más allá, pudiendo después trabajar legítimamente.

Y que es justo que obedezcamos a padre y madre, maestro, señor, príncipe y rey, y a todas las ordenanzas del mundo, tanto corporales como espirituales45, por medio de las cuales Dios nos gobierna y ministra libremente Sus beneficios a todos nosotros. Y que los amemos por los beneficios que recibimos de ellos, y que los temamos por el poder que tienen sobre nosotros para castigarnos si transgredimos la ley y el buen orden. Con todo, los poderes o gobernantes de este mundo han de ser obedecidos solo hasta el punto en que sus mandamientos no rechacen el mandamiento de Dios; y allí, ¡detente!46 Por tanto, debemos tener siempre en el corazón el mandamiento de Dios, e interpretar la ley inferior por la superior; de modo que no obedezcamos nada que sea contra la fe de nuestro Dios, ni contra la esperanza y confianza que tenemos solo en Él, ni contra el amor de Dios, por el cual hacemos o dejamos de hacer todas las cosas por Su causa. Y que no hagamos nada, por mandamiento de hombre alguno, que sea en deshonra del nombre de Dios, para hacerlo despreciado o menos temido y estimado. Y que no obedezcamos nada que sea en perjuicio del conocimiento de la bendita doctrina de Dios, de la cual el Día santo es siervo.

Con todo, aunque los gobernantes que Dios ha puesto sobre nosotros nos manden algo contra Dios, o nos hagan abierta injusticia, y nos opriman con cruel tiranía, sin embargo, por cuanto están en el lugar de Dios, no nos es lícito vengarnos por nuestra propia mano, sino por el proceso y orden de la ley de Dios, y de las leyes humanas hechas por la autoridad de la ley de Dios (que también es la ley de Dios), siempre bajo un poder superior, remitiendo la venganza a Dios, y entretanto47 sufriendo hasta que llegue la hora señalada.

Y, por otro lado, debemos saber que el hombre debe amar a su prójimo igualmente y plenamente como a sí mismo, porque su prójimo (por simple que sea) fue igualmente creado por Dios, y plenamente redimido por la sangre de nuestro Salvador Jesucristo. De este mandamiento de amor se derivan estos: No mates a tu prójimo. No mancilles a su mujer. No levantes falso testimonio contra él. Y finalmente, no solo no hagas estas cosas en actos, sino que ni siquiera codicies en tu corazón su casa, su mujer, su siervo, su sierva, su buey, su asno, o cualquier cosa que sea suya. De modo que estas leyes que conciernen a nuestro prójimo no se cumplen delante de Dios sino con amor. El que no ama a su prójimo no guarda este mandamiento: «No adulterarás con la mujer de tu prójimo», aunque nunca la toque, ni la vea, ni piense en ella. Porque el mandamiento es este: aunque la mujer de tu prójimo sea muy hermosa, y tengas gran oportunidad, y quizás48 ella consienta o incluso te provoque (como la mujer de Potifar a José), con todo, ama tanto a tu prójimo que, por puro amor, no puedas hallar en tu corazón hacer tal maldad.

De la misma manera, el que confía en cualquier creatura, salvo en Dios solamente y en Su Hijo Jesucristo, no guarda mandamiento alguno delante de Dios. Porque el que pone su confianza en alguna criatura, sea en el cielo o en la tierra, aparte de Dios y de Su Hijo Jesús, no ve causa para amar a Dios con todo su corazón, etc., ni para abstenerse de deshonrar Su nombre, ni para guardar el Día santo por amor a Su doctrina, ni para obedecer con amor a los gobernantes de este mundo, ni para amar a su prójimo como a sí mismo, y abstenerse de dañarlo cuando puede aprovecharse de él y salvarse a sí mismo de algún daño. Asimismo, contra esta ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», no debo obedecer a ningún poder terrenal para hacer algo, por mandamiento de hombre alguno, que sea en perjuicio de mi prójimo que no lo merece, aunque sea un turco.

Y debemos saber cuán contraria es esta ley a nuestra naturaleza, y cómo es condenación no tener esta ley escrita en nuestros corazones, aunque nunca cometamos los actos; y que no hay otro medio para ser salvos de tal condenación sino por medio del arrepentimiento delante de la ley y de la fe en la sangre de Cristo, que son el verdadero bautismo interior de nuestras almas, mientras que el lavado y sumersión de nuestros cuerpos en agua es la señal exterior49. La inmersión del cuerpo bajo el agua significa que nos arrepentimos y profesamos luchar contra el pecado y las concupiscencias, y matarlas cada día más y más, con la ayuda de Dios y con nuestra diligencia en seguir la doctrina de Cristo y la guía de Su Espíritu. Y significa que creemos ser lavados de nuestra condenación natural en la que nacemos, y de toda la ira de la ley, y de todas las flaquezas y debilidades que permanecen en nosotros después de haber dado nuestro consentimiento a la ley y habernos entregado a ser sus discípulos; y de todas las imperfecciones de todas nuestras obras hechas con tibio amor; y de todo pecado actual que acontezca sobre nosotros mientras nos esforzamos en lo contrario y siempre luchamos contra él, esperando no pecar más. Así, el arrepentimiento y la fe comienzan en nuestro bautismo y en la primera profesión de las leyes de Dios, y continúan hasta el fin de nuestra vida, y crecen conforme crecemos en el Espíritu. Porque cuanto más perfectos somos, mayor es nuestro arrepentimiento y más fuerte nuestra fe. Y de esta manera, así como el Espíritu y la doctrina de parte de Dios, y el arrepentimiento y la fe de nuestra parte, nos engendran de nuevo en Cristo, asimismo nos hacen crecer y perfeccionarnos, y nos guardan hasta el fin, y nunca nos dejan hasta que todo pecado sea quitado y estemos completamente purificados y plenamente formados y conformados a la semejanza y perfección de nuestro Salvador Jesús, de quien todo esto es don.

Y finalmente, debemos saber que cualquier cosa buena que hay en nosotros, esa misma es don de gracia, y por tanto no de mérito; aunque muchas cosas nos son dadas por Dios a través de nuestra diligencia en obedecer Sus leyes, en castigar nuestros cuerpos, en orar por ellas y en creer Sus promesas, las cuales de otro modo no se nos darían. Con todo, nuestro obrar no merece los dones, no más de lo que la diligencia de un mercader en buscar un buen barco hace que la mercancía llegue segura a puerto, aunque tal diligencia sí contribuya a ello en ocasiones. Pero cuando creemos en Dios, y hacemos todo cuanto está en nuestras fuerzas, sin tentarle, entonces Dios es fiel para cumplir Su promesa, y para ayudarnos, y obrar solo cuando nuestras fuerzas se acaban.

Conclusión

Digo que, conocer estas cosas, es tener toda la Escritura abierta y desbloqueada delante de ti, de modo que, si entras y la lees, no puedes menos que entender. Y ser ignorante de estas cosas es tener toda la Escritura cerrada, de manera que cuanto más la leas, más ciego estés, y más contradicción halles en ella, y más enredado quedes en ella, sin poder salir por ningún lado. Porque si tienes una glosa50 en un lugar, en otro ya no sirve. Y por tanto, porque nunca se nos enseñó la profesión de nuestro bautismo, permanecemos siempre ignorantes, tanto el clero51 —a pesar de su gran erudición y de sus altas escuelas (como decimos)— como el pueblo laico. Y ahora, porque el pueblo sencillo y sin letras es enseñado en estos primeros principios de nuestra profesión, ellos leen la Escritura, la entienden y se deleitan en ella. Mientras que nuestros grandes pilares de la santa iglesia, que han clavado un velo de falsas glosas sobre el rostro de Moisés para corromper el verdadero entendimiento de su ley, no pueden entrar. Y por eso ladran, diciendo que la Escritura produce herejes, y que no es posible entenderla en inglés, porque ellos mismos no la entienden en latín. Y por pura malicia, al no poder cumplir su voluntad, matan a sus hermanos por la fe que estos profesan en nuestro Salvador, manifestando así su sangrienta y brutal tiranía, lo que son en su interior y de quién son verdaderamente discípulos.

Con esto, lector, quedas encomendado a la gracia de nuestro Salvador Jesucristo; y a Dios nuestro Padre por medio de Él, a Quien sean dadas la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.


Notas

  1. J. F. Mozley, William Tyndale (Londres: SPCK, 1937), págs. 33–34. ↩
  2. Exposición de la Primera Epístola de San Juan (Amberes, 1531), sobre los versículos 1:3, 4; texto modernizado. Cf. Tyndale’s Works, vol. 2, Expositions of Sundry Portions of the Holy Scriptures, etc. (Henry Walter, ed.; Cambridge: Parker Society, 1849), p. 147. ↩
  3. glosa – comentario explicativo, a menudo en el margen. ↩
  4. De la Exposición de Tyndale sobre Mateo 5:20; Works, vol. 2, p. 41. ↩
  5. clérigos papistas – clero romano católico. ↩
  6. Tyndale, Works, vol. 3, An Answer to Sir Thomas More’s Dialogue, etc. (Henry Walter, ed.; Cambridge, 1850), p. 26. ↩
  7. The Obedience of a Christian Man (1528), fo. xx, verso, texto modernizado; en Works, vol. 1, p. 160. También disponible en edición en ortografía moderna, editada por David Daniell (Londres: Penguin, 2000), p. 24. ↩
  8. The Obedience of a Christian Man, fo. lxxxvii, recto; en Works, vol. 1, p. 250; edición de Daniell, págs. 105–106. ↩
  9. Parable of the Wicked Mammon (1528), fo. xxxiii, r., xxxv, v., texto modernizado; en Works, vol. 1, p. 88. Más adelante cita Juan 3:6: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es: como quien dijera, Él…” ↩
  10. The Obedience of a Christian Man, fo. cxlii, recto; in Works, vol. 1, pages 317-318; Daniell edition, pages 169, 170. ↩
  11. Exposición de la Primera Epístola de San Juan, sobre el v. 1:1; cf. Tyndale’s Works, vol. 1, p. 146. Sobre el propósito de la ley, véase más abajo la p. 11ss. ↩
  12. The Parable of the Wicked Mammon, en Works, vol. 1, págs. 53–55. Sobre la gracia y la fe, véase la pág. 16ss. ↩
  13. Exposition of the First Epistle of Saint John, sobre el v. 2:2; texto modernizado. Cf. Tyndale’s Works, vol. 1, p. 161. Este es un tema común en Tyndale: que conozcamos el significado de nuestro bautismo como señal de la sangre limpiadora de Cristo, y la obligación de los creyentes de mortificar el pecado en sus vidas. Lo vuelve a mencionar en la conclusión de este opúsculo. ↩
  14. repugnar – oponerse; resistir. ↩
  15. malicioso – lleno de odio. ↩
  16. Bedlam – era el nombre de un manicomio en Londres. ↩
  17. verdadero – definitivo. ↩
  18. referido – mencionado anteriormente. ↩
  19. propiciatorio – La Versión Autorizada traduce “propiciación” en Romanos 3:25 de la palabra griega hilasterion, que también se usa para el Propiciatorio del Tabernáculo (Hebreos 9:5). ↩
  20. salvo – excepto. ↩
  21. deleite – placer; gozo. ↩
  22. papistas – seguidores del Papa; adherentes al catolicismo romano. ↩
  23. deleite – placer; gozo. ↩
  24. voluptuoso – indulgente; entregado al placer. ↩
  25. maligno – enemigo de Dios, Satanás. ↩
  26. fundamento y manantial – la ley exige que el corazón puro sea la fuente y principio fundamental de nuestra obediencia. ↩
  27. imaginan – inventan. ↩
  28. imitan. En el recurso a ceremonias para justificación, es irrelevante si un hombre inventa sus propias ceremonias o imita las prácticas de otros considerados santos. Ninguna ceremonia puede obtener el favor de Dios. ↩
  29. estorbar – impedir, obstaculizar. ↩
  30. temporal – secular; perteneciente solo a esta vida o mundo. ↩
  31. compendiada – concisamente; sumariamente. ↩
  32. deseo – fuerte anhelo de bien. ↩
  33. A Dios le agradó que todos los hombres fueran representados por el primer hombre, Adán, cuando cayó en pecado, y que así heredaran por naturaleza la culpa y corrupción de su pecado (Rom. 5). ↩
  34. estrechamente – cercana, limitada o cuidadosamente. ↩
  35. imitar – seguir. En su traducción de 1525, Tyndale tradujo Efesios 5:1: «Sed imitadores (counterfeiters) de Dios». Una edición posterior lee: «Sed seguidores de Dios». ↩
  36. bien – bienestar. ↩
  37. previamente – antes de. ↩
  38. corroe – corrosivo; medicina dolorosa para disolver tejido infectado. ↩
  39. suaviza y alivia – ablanda y calma. ↩
  40. él mismo – por él mismo. ↩
  41. costosamente – a gran precio ↩
  42. certifican – aseguran. ↩
  43. nada – Tyndale usa la palabra arcaica naught para referirse a “nada” (nothing). Con esta expresión enseña que Dios creó al hombre de la nada, es decir, sin materia previa, solo por el poder de Su Palabra (cf. Heb. 11:3). ↩
  44. El calendario católico romano estableció muchos días de fiesta y de santos (además del Día del Señor) que inhibían la productividad y fomentaban supersticiones, sin proveer instrucción genuina. Por eso Tyndale llama a una renovada instrucción, adoración y servicio caritativo en los Días de reposo. De otro modo, los días santos no sirven para nada, y la gente debe volver al trabajo productivo. ↩
  45. espirituales – Tyndale está abarcando tanto lo visible/material (leyes de la naturaleza, mandatos externos) como lo invisible/espiritual (mandamientos espirituales, asuntos del alma). ↩
  46. detente – alto; para. ↩
  47. entretanto – La expresión “entretanto” traduce el inglés arcaico in the mean season (meanwhile). Indica el tiempo intermedio en que el creyente, aunque afligido, permanece bajo el poder soberano de Dios, esperando la hora señalada por Él. No es una espera pasiva, sino una sumisión paciente que remite la venganza al Señor (cf. Ro. 12:19), confiando en que Su justicia se manifestará a su debido tiempo. ↩
  48. quizá – No se trata de una mera probabilidad, sino de suponer circunstancias que podrían parecer favorables al pecado —belleza, ocasión, consentimiento— para mostrar que aun en tales casos la ley de Dios permanece inmutable. De esta forma enseña que ninguna provocación ni oportunidad justifica quebrantar el mandamiento divino. ↩
  49. La práctica común de la iglesia inglesa en tiempos de Tyndale era bautizar a los infantes por inmersión. Aquí Tyndale reflexiona sobre el significado del bautismo, que frecuentemente asocia con el poder limpiador de la sangre de Cristo. Además, lamenta en la Conclusión que “como nunca se nos enseña la profesión de nuestro bautismo, permanecemos siempre ignorantes”: un triste comentario sobre la condición espiritual de la Inglaterra previa a la Reforma. ↩
  50. glosa – comentario explicativo, a menudo en el margen. ↩
  51. clero – funcionarios eclesiásticos: sacerdotes, monjes y prelados. ↩
Fuente Fuente: William Tyndale, Camino hacia las Escrituras. Traducido y editado por Jorge E. Castañeda. © 2025 Chapel Library, Pensacola, Florida, USA — www.chapellibrary.org/spanish

Sobre el autor: William Tyndale

Reformador inglés, traductor de la Biblia y mártir (c. 1494–1536)

William Tyndale fue un erudito y reformador inglés conocido por haber traducido el Nuevo Testamento del griego al inglés y por su convicción de que las Escrituras debían estar al alcance de todos en su lengua materna. Su famosa declaración de que haría que «un muchacho que maneja el arado» supiera más de la Escritura que sus opositores resume el espíritu de toda su obra.

Debido a la oposición a su trabajo, desarrolló buena parte de su obra en el exilio, en el continente europeo, donde su Nuevo Testamento se imprimió a partir de 1525 y se introdujo clandestinamente en Inglaterra. Fue arrestado, encarcelado y ejecutado en 1536 por su labor. Además del Nuevo Testamento, tradujo parte del Antiguo y escribió tratados doctrinales como el presente, y su influencia en las posteriores traducciones inglesas de la Biblia fue profunda.

La clave de la Reforma para entender la Biblia: William Tyndale y el Camino hacia las Escrituras La clave de la Reforma para entender la Biblia: William Tyndale y el Camino hacia las Escrituras Revisado por el equipo de Nexo Cristiano on octubre 12, 2026 Rating: 5
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