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El Renacimiento

Capítulo 3: El Renacimiento — ¿Cómo debemos vivir entonces? | Francis A. Schaeffer | Nexo Cristiano
¿Cómo debemos vivir entonces? · Francis A. Schaeffer
Capítulo 3 de 10

El Renacimiento

Significado

¿Qué fue el Renacimiento? Fue la época en que Occidente redescubrió, con entusiasmo vivo, el estudio de la antigüedad clásica griega y latina; comenzó hacia mediados del siglo xv y se extendió hasta mediados del xvi, nació en Italia y se difundió por toda Europa. Es uno de los grandes períodos de la historia humana y el más brillante de la cultura occidental, y lo definen dos actitudes nuevas: la afirmación de los valores vitales terrenos —la naturaleza— y la vigorosa exaltación de la personalidad —el hombre—. A partir de ambas, los hombres de la época buscaron restaurar la forma y el espíritu de la Antigüedad clásica y plasmar un nuevo estilo de vida artística, cultural y política.

El proceso histórico

Con el redescubrimiento del hombre y de la naturaleza, el individualismo renacentista abrió nuevas perspectivas a las artes plásticas. La expresión clasicista triunfó primero en Florencia, en la primera mitad del siglo xv, con los arquitectos Brunelleschi y Alberti, los escultores Donatello y Verrocchio, y los pintores Masaccio y Botticelli. A partir de 1450, el gran Renacimiento se instala en la Roma de los papas Alejandro VI, Julio II y León X, con figuras como Bramante de Urbino —que trazó los planos de la basílica vaticana—, el polifacético Miguel Ángel Buonarroti y el incomparable Rafael Sanzio, pintor de la belleza perfecta. Por la misma época trabajaba en Milán otro gigante, Leonardo da Vinci. En España el Renacimiento irrumpió sobre todo en la arquitectura y la pintura, con un pintor excepcional, El Greco, que brilló —incomprendido por las altas esferas cortesanas— en tiempos de Felipe II. El movimiento llegó a influir en todas las artes y en la literatura de Europa entera.

El arte y los artistas

El arte del Renacimiento es uno de los grandes triunfos de la humanidad; quien recorra los museos de Florencia sin maravillarse ante lo que allí se exhibe es, sin duda, un pobre hombre. Pero conviene recordar, al mismo tiempo, que esa misma corriente de pensamiento abrió la puerta a una nueva forma de humanismo cuyas consecuencias llegan hasta el hombre moderno. A lo largo de la historia, los artistas han hecho dos cosas: reflejar su cultura, a menudo con más exactitud que los escritores y los filósofos, y preparar el camino del siguiente paso cultural; en ese sentido son a veces profetas, aunque siempre exhiben las obras de su propio tiempo.

El cambio que trajo el Renacimiento puede verse con claridad en la pintura. Hasta entonces, la pintura florentina había seguido la manera bizantina, aunque menos pulida y sin la misma gracia ni profundidad, y las figuras humanas no se representaban de forma realista.

Giotto (1276-1337)

Nacido en la Toscana, hijo de un pastor, Giotto —cuyo nombre completo era Ambrogio di Bondone— fue pintor, poeta y escultor, y su genio le dio una posición y una celebridad notables para su origen humilde. Con él llegó un cambio radical: la naturaleza empezó a ocupar el lugar que le correspondía, porque Dios había creado el mundo y a la naturaleza debía representársela tal cual es. Su obra más célebre es la decoración de la Capilla de los Scrovegni, en Padua, con escenas del Evangelio; en el «Juicio Final» que allí pintó incluyó un retrato realista de su patrón, Enrico Scrovegni, el hombre que pagó por la obra. Con todo, sus figuras humanas aparecen aún alargadas en comparación con los muros que las rodean —basta observar cómo un personaje apenas cabría en la plataforma que ocupa, o cómo podría lanzar una flecha por una ventana tan estrecha—. El mismo Giotto diseñó el hermoso campanario, conocido como «Il Campanile», junto a la catedral de Florencia: un pintor que también construía edificios.

Masaccio (1401-1428)

Considerado el verdadero descubridor del arte renacentista y amigo de Brunelleschi, Masaccio fue quien introdujo en la pintura los rostros reales, dando a sus obras una calidad natural que resultaba muy original para su época. Sus predecesores, incluido su maestro Masolino, pintaban las figuras como si estuvieran de puntillas; Masaccio, en cambio, asentó los pies de sus personajes firmemente en el suelo. Fue también el primero en emplear formas consistentes de perspectiva central, dejando atrás a los romanos, que solo conocían un tipo de perspectiva; gracias a esa técnica, sus figuras se movían dentro de un espacio real, y el hombre del Renacimiento pasó a situarse en el centro de ese espacio, sometido a los principios matemáticos inventados por la mente humana.

En el norte de Europa, Jan van Eyck (1390-1441) enfrentó problemas similares. En el retablo de la catedral de San Bavón, en Gante —el célebre Retablo de Gante o «Adoración del Cordero Místico»—, aparecen rostros de personas de toda condición, ricas y pobres, acercándose a Cristo. Van Eyck comprendía y apreciaba el énfasis bíblico en Cristo: pintó al Cordero de Dios erguido y vivo sobre el altar, símbolo de que había muerto como sustituto y sacrificio, pero no permanecía muerto, conforme a sus propias palabras: «Yo soy el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Amén». Van Eyck dominó como pocos la luz y el aire, y fue el primer gran maestro de la pintura de paisaje, entendida como representación de la naturaleza que Dios había creado. Los escritores de la época, por su parte, escribían tal como los pintores pintaban.

Dante Alighieri (1265-1321)

Su casa se conserva aún en Florencia, y su obra máxima es la Divina Comedia, escrita bajo la influencia de Tomás de Aquino y con una atención renovada a la naturaleza. En ella se entrelazan el mundo cristiano y el clásico: entre los grandes pecadores del Infierno están Judas, que vendió a Jesús, y Bruto y Casio, que conspiraron contra César. En su propia vida, Dante vivió con claridad la tensión entre las cosas individuales y su significado último —naturaleza frente a gracia—: amó a Beatriz, a quien apenas vio un par de veces, y la elevó a ideal romántico e inmortal en su poesía; sin embargo se casó con Gemma Donati, a quien jamás mencionó en sus versos y que se dedicó a criar a sus hijos y llevar la casa. Los escritores de su tiempo sostenían así dos ideas del amor —el amor espiritual idealizado, dirigido a lo incorpóreo, y el amor dirigido a la mujer real que compartía el hogar y el lecho— separadas entre sí, una división que no producía belleza sino fealdad.

Filippo Brunelleschi (1377-1446)

Uno de los grandes artistas del Renacimiento, diseñó y construyó, entre otras obras, la cúpula de Santa María del Fiore en Florencia: un triunfo artístico y, a la vez, una hazaña de ingeniería. Resulta llamativo que Brunelleschi, formado como orfebre y no como arquitecto, haya diseñado también el Hospital de los Inocentes, el primer edificio propiamente renacentista de Florencia. Con el Renacimiento, la atención sobre el propio artista creció notablemente: se sabe muy poco de quienes construyeron las catedrales góticas o compusieron los cantos gregorianos, pero ahora el artista mismo se volvía importante, algunos escribían autobiografías y comenzaron a proliferar los autorretratos. Se cuenta que, en su propia biografía, se llegó a sostener que la moralidad ordinaria no se aplicaba a un genio como él.

Al comienzo del Renacimiento, todo podía haber sido distinto: la naturaleza ocupaba su lugar apropiado y podía haber seguido siendo así de hermosa. Pero en cierto punto del proceso, la balanza se inclinó: el hombre mismo pasó a ocupar el centro, y quedó libre el camino para toda la fuerza corrosiva del humanismo que se extendería a lo largo de la Ilustración y hasta nuestros días.

La música

Los compositores de este período inventaron el arte de la orquestación: no solo cada instrumento tocaba una voz distinta, sino también una melodía diferente. La influencia musical corrió del norte hacia el sur, tanto en la pintura como en la música. Los instrumentos de cuerda se fabricaron por primera vez en familias completas, del registro grave al agudo, para lograr un timbre uniforme; la música empezó a imprimirse con tipos móviles, y se difundieron instrumentos como el laúd —el más popular del período—, el sacabuche, antecesor del trombón, la viola da gamba, antecesora de la viola moderna, y el corno renacentista.

Se impone el humanismo

Hasta ese momento, la historia podía haber tomado uno de dos caminos: un énfasis en personas reales que viven en un mundo real creado por Dios, donde cada cosa particular importa precisamente porque Dios la creó, o bien un humanismo que hiciera del individuo algo autónomo. La suerte estaba echada: el hombre se hizo cada vez más independiente y buscó volverse su propia medida y su propia norma. El humanista renacentista consideraba insípida la época anterior —la llamó Edad Oscura— y confiaba en que la nueva era sería un renacer de la Antigüedad preccristiana, la Edad de Oro de Grecia y Roma; y Tomás de Aquino, al dar tanto peso a Aristóteles, había dejado libre ese camino.

El dilema humanista

En el Vaticano, Rafael pintó un fresco célebre, «La Escuela de Atenas», cuyas figuras centrales son Platón y Aristóteles: Platón, con el índice hacia el cielo, señala los absolutos, los ideales, el significado y los valores; Aristóteles, con la palma hacia abajo, subraya las cosas individuales, la naturaleza, el hombre concreto. ¿Cuál es el sentido de esas realidades particulares —incluidos nosotros mismos— si no hay una idea última con la cual relacionarlas para que tengan significado? ¿Cómo sabemos si nuestros actos son correctos o equivocados sin un absoluto que los mida?

El dilema entre esta forma de humanismo y la Biblia se reduce a una pregunta: ¿debemos partir únicamente del hombre autónomo, o existe otra verdad, proveniente de otra fuente, que sea absoluta y no relativa? Si partimos de la verdad tal como la entiende el humanista, no hay verdad propiamente dicha sino apenas un promedio estadístico, y ese camino es justamente el que ha traído al humanismo hasta el punto en que se encuentra nuestra generación.

Un buen ejemplo de este dilema es el cuadro de Jean Fouquet (1420-1481) conocido como «La Virgen y el Niño» o «Virgen roja», cuya modelo fue Agnès Sorel, amante del rey Carlos VII de Francia, representada con un seno descubierto. ¿Estaba a punto de amamantar a su hijo? No: aunque el cuadro lleve ese título, quienes lo vieron en su época sabían perfectamente de quién se trataba, la amante del rey. A María se la había representado de maneras muy distintas a lo largo de los siglos —elevada, sagrada, distinta de cualquier ser humano común, casi un símbolo—, y pintarla como una persona viva había sido, en su momento, un avance, porque la Biblia dice que María fue una mujer real y Jesús, su hijo verdadero: ese era el enfoque correcto, la naturaleza en su lugar apropiado. Pero cuando la amante del rey podía «hacer de» María, el significado quedaba destruido. Al principio pudo parecer que solo se desvirtuaban los valores religiosos, pero el daño terminó por extenderse a todo el saber y a toda la vida: el significado de las cosas particulares se disolvió, y estas quedaron convertidas en realidades independientes, autónomas, sin nada al final que las relacionara o les diera sentido.

Miguel Ángel (1475-1564)

En la Academia de Florencia, en la sala dedicada a su obra, se conservan a ambos lados las llamadas «Esclavos» o «Cautivos» —las estatuas inconclusas—, que Miguel Ángel dejó deliberadamente sin terminar, según coinciden los estudiosos, para que la propia obra hablara de lo que el artista quería expresar: hombres que se desprenden de la roca, imagen del humanismo que se libera de la naturaleza y se hace grande por sí mismo. En el centro de esa misma sala se alza, majestuoso, el David: de un bloque de mármol defectuoso que nadie creía aprovechable, Miguel Ángel esculpió una obra casi sin rival en el mundo. No es el David bíblico, pastor y guerrero; es la personificación del ideal humano, la grandeza del hombre hecha piedra. En su época se lo colocó a las puertas de Florencia como símbolo de la grandeza futura de la ciudad: un hombre confiado en su propia fuerza, desafiando el porvenir, incluso en la desproporción de sus manos, que revela ese poder. Hacia el final de su vida, sin embargo, Miguel Ángel llegó a comprender que lo humano no bastaba —nunca habría, en la realidad, un hombre como su David—, y se cree que en la Piedad hoy conservada en el Museo de la Ópera del Duomo se representó a sí mismo en la figura de Nicodemo, inclinado sobre Cristo: la fuerza del humanismo, ya debilitada, casi ausente.

Leonardo da Vinci (1452-1519)

Fiel representante del espíritu renacentista, Leonardo parecía capaz de hacer casi cualquier cosa, y hacerla bien: fue el primer matemático moderno, además de químico, físico, arquitecto, anatomista, botánico, ingeniero mecánico, artista y músico; también diseñó armas de una atrocidad inusitada para su época. A través de su propia experiencia llegó a entender, con particular claridad, el problema del hombre moderno. Como matemático, percibió que partir humanísticamente de las matemáticas solo permite conocer casos particulares, sin que el hombre pueda por sí mismo hallar el significado último de esas bases matemáticas; quien solo cuenta con cosas individuales termina siempre por desembocar en lo mecánico, y Leonardo llegó a vislumbrar el futuro de nuestra propia generación: un mundo —el hombre incluido— reducido a máquina. Al advertirlo, pensó que quizá el pintor, como espíritu sensible, podría alcanzar el significado de la vida donde el matemático había fracasado, y trató de pintar el alma, no en sentido cristiano sino universal, buscando plasmar aquello que lo incluyera todo. Pero nunca logró pintar lo universal desde una base humanista, igual que no había podido alcanzarlo desde las matemáticas: fracasó, como matemático y como artista, en el intento de llegar a lo universal a partir de lo particular. Los humanistas confiaban en que el hombre, por sí solo, podía resolver cualquier problema; tenían una fe completa en el ser humano.

El fracaso del humanismo

El grito del humanista fue siempre: «Puedo hacer lo que desee, denme solo tiempo hasta mañana». Pero Leonardo llegó a ver de cerca la derrota final de ese proyecto. «Como piensa el hombre en su corazón, así es él»: el humanismo, llevado hasta sus últimas consecuencias, desemboca de manera natural en el pesimismo. Florencia fue el escenario donde se produjeron algunas de las obras de arte más hermosas que la humanidad conoce, al tiempo que el hombre se volvía cada vez más autónomo; y fue, por eso mismo, el centro donde ese mismo proyecto terminó por quebrarse. Quien visite Florencia debería entender también esto último.

El humanismo, en efecto, termina en la desesperación: quien parte de lo finito, por lejos que se proyecte, nunca alcanza lo absoluto. Para el humanista solo queda una salida real: reconocer que la Biblia dice la verdad. No como un libro religioso más, sino como la Palabra que no cambia, y que en cambio nos transforma a nosotros; una Palabra que habla de cultura y jamás pasa de moda, que aborda los temas de cada época y sin embargo parte siempre de la misma base: la existencia de un Dios infinito y personal que ha hablado, y que revela que Cristo murió en la cruz para redimirnos del pecado en el que todos estamos inmersos.

«Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer».

Juan 15:5


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