La Reforma
La Reforma
Introducción
A comienzos del siglo xvi, la situación religiosa y económica de Alemania era crítica en muchos sentidos. Los impuestos papales y la injerencia de Roma en los nombramientos eclesiásticos se consideraban opresivos; el manejo de los asuntos clericales por la curia papal, costoso y corrompido; y los clérigos, tanto los de alta jerarquía como los de base, eran criticados por ejemplos indignos. El comercio veía con inquietud la exención de impuestos al clero, la prohibición de cobrar interés, el excesivo número de días feriados y el apoyo eclesiástico a la mendicidad; y tanto el pueblo como la nobleza reprobaban que la Iglesia poseyera inmensas extensiones de tierra, trabajadas por campesinos en condiciones sociales y económicas muy precarias, obligados además a pagar el diezmo a su parroquia. A esto se sumaba el fermento del humanismo alemán y la agitación de un despertar religioso popular que empujaba hacia una nueva conciencia de la salvación. Bastaba que todos esos agravios encontraran voz en un caudillo decidido para que alcanzaran una resonancia enorme. Esa figura fue Martín Lutero.
Los reformadores
Martín Lutero (1483-1546)
Nació el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, hijo de un minero. Tras sus estudios preparatorios en Mansfeld, ingresó en 1501 a la Universidad de Erfurt, donde destacó, sobre todo, en música; el humanismo que empezaba a abrirse paso en Erfurt apenas lo influyó, pues se sentía más atraído por la escuela escolástica de Occam, aunque también leía con gusto a los clásicos latinos.
La palabra «Reforma» es, en rigor, un término técnico: designa la separación de los reformadores respecto de la Iglesia tal como se había desarrollado durante la Edad Media, la que conocemos como Iglesia católica romana. Pero lo que la Reforma perseguía, en el fondo, era alejarse de los elementos humanistas que se habían infiltrado en la Iglesia durante ese período. Un predicador de indulgencias de la época lo resumía así: «Esta no es una indulgencia ordinaria. Con ella se construirá la catedral de San Pedro en Roma, y ustedes quedarán unidos a cada misa que se celebre desde hoy hasta el fin del mundo».
Frente a esto, Lutero enseñaba que la salvación ya había sido provista por Dios: «Nuestro Señor Jesucristo, al sufrir y morir, ya ha pagado por nuestra salvación, y para siempre. ¿Cómo puede entonces un simple ser humano —monje, príncipe o papa— pretender un pago mayor?». Y en otra ocasión declaró: «En materia de fe no creo que ni el concilio, ni el papa, ni ningún hombre tenga poder sobre mi conciencia; y cuando difieren de las Escrituras, reniego del papa, del concilio y de todo lo demás. Un simple laico guiado por las Escrituras vale más que el más poderoso papa sin ellas». El 31 de octubre de 1517, Lutero fijó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, justo cuando el amanecer del Renacimiento se apagaba en el sur de Europa y la Reforma comenzaba a estallar en el norte.
Ulrico Zwinglio (1484-1531) fue uno de los principales reformadores de la Suiza de habla alemana y logró que Zúrich rompiera con Roma; más tarde también Inglaterra se separaría de ella. Juan Calvino, el reformador de Ginebra, publicó su Institución de la religión cristiana en 1536. Y Lutero, por su parte, tradujo la Biblia al alemán, lo que impulsó traducciones a otras lenguas y permitió que muchas personas, por primera vez, leyeran las Escrituras cada domingo por sí mismas.
Las ideas reformistas
La Biblia enseñaba que cada persona podía llegar a Dios por la fe, sobre la única base de la obra completa de Cristo: todo era, por gracia, don de Dios. Por eso, muchos hombres y mujeres de la Reforma destruyeron estatuas e imágenes de culto, no porque despreciaran el arte, sino por el significado religioso concreto que esas imágenes tenían como objeto de adoración. Hoy quisiéramos que las hubieran guardado un siglo en algún depósito para exhibirlas después en un museo; pero para la gente de la Reforma no eran obras de arte, sino ídolos, obstáculos entre ellos y Dios. Habían redescubierto el énfasis bíblico: «Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo» (1 Timoteo 2:5). Esas imágenes vinieron a representar, para ellos, todo lo que ya habían rechazado en su fe:
Primero, que la Iglesia hubiera igualado su propia autoridad a la de la Biblia, alegando que solo existía una interpretación válida de las Escrituras, la que la propia Iglesia establecía —pues si cualquiera pudiera leerlas en su lengua e interpretarlas por sí mismo, ¿qué ocurriría?—. A esto respondía Lutero: «Entonces tendríamos más cristianos». Segundo, que la Iglesia hubiera antepuesto a la obra completa de Cristo las obras del hombre: Johann Tetzel llegó a predicar a la congregación: «¿Quién no libraría del fuego a su madre con una simple ofrenda de plata? En cuanto la moneda suena en el cofre, un alma vuela al descanso eterno». Y tercero, que desde Tomás de Aquino se sostuviera que la voluntad humana había caído pero no el intelecto —una idea que alimentó, en el sur, el Renacimiento humanista.
El hombre pasó a ocupar el centro y la medida de todas las cosas, y la combinación de pensamiento bíblico y pagano se advierte de mil maneras. El propio Rafael pintó, frente a su «Escuela de Atenas» —representación de la filosofía aristotélica—, otro fresco llamado «La Disputa», dedicado a la naturaleza de la misa; y Miguel Ángel, en el techo de la Capilla Sixtina, combinó igualmente la enseñanza bíblica con el pensamiento pagano, colocando a los profetas paganos al mismo nivel que los del Antiguo Testamento.
El humanismo cristiano
Guillermo Farel (1489-1565), reformador de la Suiza francófona anterior a Calvino, representó una segunda vía dentro del humanismo, la que expuso con más claridad Erasmo de Róterdam (1466-1536). Erasmo ayudó a los reformadores a editar el Nuevo Testamento en griego, publicado en 1516, y subrayó en su prefacio la necesidad de traducirlo también a la lengua del pueblo; a esta postura se la ha llamado «humanismo cristiano», aunque era menos consistente que un cristianismo pleno. Erasmo y sus seguidores buscaban una reforma limitada dentro de la Iglesia, mientras que los reformadores propiamente dichos querían recuperar la forma original de la Iglesia. Por eso Farel terminó por distanciarse también de Erasmo, dejando claro que se oponía a toda forma de humanismo, tanto al del Renacimiento como al «humanismo cristiano» de Erasmo, aunque este último hubiera hecho una contribución valiosa al editar el Nuevo Testamento griego.
El retorno a la Biblia
La gente necesitaba la verdad revelada por Dios en la Biblia para saber cómo reconciliarse con él, y necesitaba también que se le mostrara el sentido de la vida, lo correcto y lo incorrecto: necesitaba a un Dios existente que hablara de un modo comprensible. Lutero llegó a decir: «Creo que al fin he encontrado la verdad», y añadió que al hallarla le pareció que se abrían las puertas del cielo, recordando Romanos 1:17: la justicia de Dios se revela en el Evangelio por fe, no por las obras propias, ni por adorar reliquias, ni por cantar misas, ni por peregrinar a Roma, sino por la fe en lo que Dios ha hecho por medio de su Hijo. El hombre solo necesitaba a Jesucristo. Cuando Dios habla en la Biblia sobre sí mismo, la persona recibe la verdad acerca de Dios; siendo finita, no puede tener un conocimiento exhaustivo de él, pero sí posee la verdad sobre él. Y por lo que Dios expone en las Escrituras, el hombre recibe también la verdad sobre la moral, el significado y los valores, así como sobre la humanidad y la naturaleza —por qué las cosas existen y por qué tienen la forma que tienen.
El hombre de la Reforma no enfrentaba el mismo dilema que el humanista renacentista para relacionar lo universal con lo particular, porque la Biblia unifica ambos planos: da a conocer tanto a Dios, el Universal último, como al hombre y a la naturaleza. Conviene subrayar, sin embargo, que la Reforma no fue una edad de oro ni resultó perfecta; en muchos sentidos no fue tan congruente con la Biblia como debía haberlo sido, aunque los reformadores se esforzaron por tomarla como norma para la teología y para la vida.
Los errores de los reformadores
Un primer error fue la falta de equilibrio de Lutero durante la guerra de los campesinos. Uno de los efectos inmediatos de la Reforma alemana fue la aparición de predicadores que, apoyados en supuestas «revelaciones», se opusieron tanto al catolicismo romano como a los propios reformadores; uno de ellos, Tomás Müntzer, encabezó violentos ataques contra monasterios y predicó contra los «sin Dios», azuzando continuamente a los campesinos hacia la rebelión. La miseria de los campesinos alemanes, especialmente en el suroeste, había ido en aumento, y la comparación con las condiciones de vida en Suiza alimentaba el descontento. En marzo de 1525, presentaron doce artículos reclamando derechos comunitarios que hoy nos parecerían razonables, pero que en su época resultaban revolucionarios. Lutero intentó al principio mediar, pero cuando la revuelta, mal encauzada, cayó en excesos crecientes, se volvió contra los campesinos y exigió a la nobleza que la aplastara por la espada; la rebelión terminó en una matanza atroz, y a Lutero le faltó, en este episodio, sentido del equilibrio. El segundo error de los reformadores fue su falta de celo para llevar el mensaje cristiano a otros pueblos. Aun así, a pesar de estas y otras inconsistencias, la Reforma volvió, en su enseñanza central, a la Biblia y al ejemplo de la Iglesia antigua, y con ello se abrió un cambio profundo no solo en lo religioso, sino también en lo cultural y en lo social.
La música
La música de Johann Sebastian Bach, que hoy se escucha en el mundo entero, es fruto directo de esa reforma cultural y de la cristiandad bíblica de su tiempo: su obra recoge y culmina la tradición de los compositores que, con la Reforma, se habían rebelado contra las viejas formas. Bach escribió de su puño y letra, en latín, sobre una de sus partituras: «Solo a Dios sea la gloria». La Reforma trajo consigo una verdadera explosión musical, como el Salterio ginebrino, con 150 salmos: Teodoro de Beza (1519-1605) tradujo los textos y Louis Bourgeois (1510-1572) compuso sus melodías. Lutero mismo, buen músico, compuso la letra del himno «Castillo fuerte es nuestro Dios», y a partir de la Reforma la Iglesia cristiana emprendió una nueva forma de adoración mediante el canto congregacional, práctica que se ha extendido hasta hoy.
El efecto posterior de la Reforma
La Reforma tuvo muchas facetas, y sus resultados no se advirtieron de inmediato sino a lo largo del tiempo. Desde el principio, la vida cotidiana empezó a cambiar sobre la base de su enseñanza. El gobierno de la Iglesia mediante diáconos elegidos por la congregación abrió camino a un mayor desarrollo democrático, porque, según la Biblia, el hombre está hecho a imagen de Dios y tiene, por eso, dignidad: en la Reforma esto significaba que todas las vocaciones eran dignas, la del modesto mercader o la del ama de casa tanto como la del rey. Y como la Biblia enseña también que el hombre está caído y en rebeldía contra Dios, el creyente de la Reforma podía explicar a la vez la grandeza del ser humano y su crueldad.
El hombre de aquel tiempo no vivía saturado de imágenes como el de hoy, y el arte era parte íntima de la vida cotidiana. Lucas Cranach (1472-1553), amigo personal de Lutero, lo retrató a él y a su esposa en repetidas ocasiones; ambos llegaron a ser padrinos de sus respectivos hijos. Alberto Durero (1471-1528), el gran pintor alemán que mejor resume los ideales estéticos de su país y de su época, anotó en su diario, el viernes anterior a Pentecostés de 1521, que había llegado la noticia de que Martín Lutero había sido apresado a traición cuando volvía bajo la escolta que el propio emperador Carlos le había prometido. Días después, al saberse que la noticia de su captura era falsa y que sus amigos lo habían puesto a salvo escondiéndolo, Durero escribió: «Si hubiéramos perdido a este hombre, que ha escrito con más claridad que nadie en los últimos ciento cuarenta años, y a quien Dios ha dado un espíritu tan evangélico… Te alabamos, oh Altísimo Señor». En ese mismo diario, escrito cuando se creía muerto a Lutero, Durero mira hacia sus precursores, Jan Hus y John Wycliffe.
Jan Hus (1369-1415) había leído y predicado las doctrinas de Wycliffe, en especial la liberación de la autoridad papal; fue condenado y quemado en 1415, y su ejemplo influyó profundamente en Bohemia, donde la Reforma arraigó con fuerza, y también en Alemania, donde Durero lo tenía muy presente. Cranach, por su parte, recordaba a estos precursores en sus propias obras: su serie sobre el Apocalipsis, anterior incluso a las noventa y cinco tesis, deja ver ya una fuerte impronta bíblica, presente en toda su producción posterior. Las huellas de la creatividad humana revelan casi siempre la visión del mundo de quien las produce, y el arte que nació de la Reforma lleva marcada su base bíblica. Para Durero, el mundo creado por Dios tenía un valor verdadero, aunque no un valor en sí mismo: era, ante todo, una creación de Dios.
De esa misma reforma cultural surgieron otras muchas obras, como «El levantamiento de la Cruz», del pintor holandés Rembrandt (1606-1669), donde el propio artista se retrató a sí mismo, con su boina característica, ayudando a levantar a Cristo en la cruz: una manera de decir a todo el mundo que sus propios pecados lo habían llevado allí. Rembrandt no despreciaba la naturaleza ni la idealizaba, sino que la disfrutaba como creación de Dios; en uno de sus cuadros más entrañables pintó a su esposa en el lecho conyugal, aguardándolo con los brazos extendidos, en una escena de amor y delicadeza. Para Rembrandt, Cristo lo era todo en la vida, y sin él no había nada.
Reforma y cultura
La Reforma no menospreció el arte ni la cultura; al contrario, los produjo y los sostuvo, y quien afirme lo contrario falta a la verdad. Su influencia sobre la cultura fue tanto teórica como práctica. En lo teórico, porque quienes la abrazaban —piénsese en los eruditos holandeses— creían de verdad en el señorío de Cristo sobre la totalidad de la vida, y contemplaban la naturaleza, sus hojas y sus flores, como algo maravilloso por ser el universo de Dios. En lo práctico, sencillamente, produjo más cultura, y el arte fluyó como los ríos. La pintura de la Reforma holandesa es uno de los puntos más altos de toda la pintura mundial, y todo ese arte se vivió como un don de Dios, en especial en el terreno de la música, tal como el propio Lutero la entendía.
Aunque algunos consideraban demasiado alegre el Salterio ginebrino —llegaron a llamarlo, con cierta ironía, las «jorobas de Ginebra»—, restándole importancia musical, el propio Lutero era un músico excelente, de buena voz de tenor y notable destreza instrumental. Cuando se editó el cancionero de Wittenberg, escribió en su prefacio: «No soy de la opinión de que todas las artes deban destruirse ni desaparecer a causa del Evangelio, como pretenden algunos fanáticos; al contrario, quisiera verlas, y en especial la música, puestas al servicio de Dios, que las creó y nos las dio». El velo que separaba a la congregación del altar se retiró, porque una Biblia abierta a la vista de todos significaba el acceso directo a Dios; y por primera vez en muchos siglos, la congregación pudo también acercarse a él cantando junta. Lutero mismo compuso la letra de «Castillo fuerte es nuestro Dios», y desde entonces la Iglesia cristiana emprendió una nueva forma de adoración a través del canto congregacional, práctica que perdura hasta hoy.
Libertad en el norte y en el sur
Tanto el Renacimiento como la Reforma podían haber conducido a la libertad por buen o mal camino; y de hecho la libertad se abrió paso en ambas direcciones, por la Reforma en el norte y por el Renacimiento en el sur. Pero en el sur sobrevino la violencia, porque el humanismo renacentista no pudo dar significado a las cosas particulares, a los individuos, ni establecer absolutos morales: un humanismo que parte del hombre como centro nunca ha logrado, ni logrará, dar sentido pleno al hombre mismo. En el norte, en cambio, el hombre de la Reforma, guiado por las Escrituras, recuperó una orientación para la totalidad de su vida, y tanto él como la naturaleza volvieron a ser algo bello y digno: se le dio al hombre una razón para ser libre y una razón para ser grande, sin renunciar por ello a los valores absolutos. Podría decirse que los elementos humanistas del Renacimiento centraron todo en el hombre autónomo, mientras que la Reforma lo centró en el Dios infinito y personal que no había guardado silencio, sino que había hablado a través de la Biblia. Por eso pudo escribir Lutero: «A menos que se me convenza mediante las Escrituras, permaneceré sujeto a mis creencias por el texto de la Biblia. Mi conciencia depende de la Palabra de Dios; aquí me planto, no puedo hacer otra cosa. Que Dios proteja mi alma. Amén».
Resultados de la Reforma
Porque se centró en el Dios infinito y personal, la Reforma dio al hombre una respuesta sobre el significado de las cosas particulares, incluido él mismo: la Biblia responde tanto a lo universal como a lo particular, y resolvió así la vieja tensión entre ambos. La ciencia y el arte quedaron libres para desarrollarse sobre la base de lo que Dios había revelado en las Escrituras, y quedó también establecido con claridad que todas las vocaciones son dignas, que todos los hombres son iguales, que todos son culpables y que todos necesitan reconciliarse con Dios y por medio de él. El hombre de la Reforma pudo, por fin, liberarse de la pesada carga de tener que ganar su propia salvación mediante las obras —¿cuántas bastarían? ¿Cien? ¿Doscientas? ¿Cuántas?—, y al recibir por la fe el Evangelio de que Cristo ya lo había hecho todo, quedó libre de esa terrible limitación, que aplasta trágicamente al ser humano cuando pretende, siendo finito, obrar como Dios y fijar sus propios absolutos. Al encontrar en la Biblia misma todo lo necesario, el hombre quedó, de pronto, libre para vivir plenamente.
«Porque Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia».
Proverbios 2:6
Francis A. Schaeffer · ¿Cómo debemos vivir entonces? Auge y declinación del pensamiento y la cultura occidental · Serie documental en 10 episodios (1977) · Capítulo 4 de 10 · Ver índice completo, reseña y biografía en Nexo Cristiano


